AL TRASLUZ
Risa de amigo
Insisto: has de tener amigos hasta en el cielo. Mi lector con vocación de rectificador ya habrá saltado: «Se equivoca, Aguirre, es en el infierno». No me he equivocado, en este no te puedes fiar de nadie, ni siquiera de los parientes. Veamos. Estás allí abajo, sudando como un pollo y de repente pasa un viejo amigo con dos abanicos. Le dices: «¡Qué alegría, Ruperto, tú por aquí! Déjame ese que te sobra». Y él te espetará: «Ni hablar, soy ambidiestro». Es decir, está allí por egoísta redomado. Con tales colegas, ¿quién necesita enemigos? En cambio, subamos al cielo. Llevas allí una temporada en tu nube, pero en la de arriba ensayan los coros celestiales: tres millones de tenores, otros tantos de sopranos, más cuatro de barítonos… y una gran orquesta en consonancia. Imposible el descanso eterno; entonces, miras y ves que el del xilófono es tu compañero de litera en la Mili; le haces señas, baja y le cuentas tu problema … y ya tienes otra nube y además con baño. Eso es un buen amigo. Pues así es Óscar Morales y ya en tierra firme, a quien el otro día me topé en Nerja. Feliz sorpresa. Nos conocimos en Primaría y mantuvimos la amistad hasta la adolescencia, luego nos perdimos la pista durante 40 años. Un amigo de la infancia no deja de serlo porque tenga bigote. Si lo fuisteis, lo sois. Y si te debe una canica desde 1965 o te hizo trampas al yoyó en 1968 no se lo reprochas. Nadie me ha hecho reír tanto como Óscar, y sigue en forma. Pudo haber sido un gran humorista, pues lo es. La farándula perdió una gran estrella, pero habrá brillado en otros ámbitos.
Debería haber una Oficina de Amigos Perdidos. «Buenas, ¿no tendrán a mi amigo Obdulito, de Segundo de Primaria? Solo recuerdo que era majete, con gafas y del Madrid». Y lo tienen.
Nuestros amigos, nuestra alegría. Los tuve maravillosos en Madrid, como Oscar, genio del humor creativo; también los he tenido y los tengo en otras ciudades. Pero viva el presente. La amistad no es tiempo pasado, sino forma íntima de mirar y de ser mirado. Un siempre. Aquí en León, mis viejos amigos de la redacción de Lucas de Tuy aún me llaman Eduardín o Edu. Y eso que no me conocieron con pantalón corto, ni jugaron conmigo a las canicas o al yoyó. Ah, la vida…