el rincón

J. R. Alonso De La Torre

Día de la madre y el hijo

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La madre y el hijo, ese fortín familiar inexpugnable, ese universo de complicidades al que los padres no tenemos acceso. En la sobremesa, conversan en la cocina y se cuentan sus historias y sus cuitas llenas de silencios con subtexto, de risas y confidencias. Madre e hijo tejen a lo largo del tiempo un tapiz de secretos y complicidades que los padres nunca descifraremos. A veces, nos puede la envidia, nos irrita el sutil ninguneo y hacemos un intento por acceder a ese mundo cerrado, por participar en sus conversaciones codificadas. Ellos nos aceptan, desde luego que sí, pero se nota enseguida que han cambiado de registro.

El padre se une a la sobremesa confidencial y ellos nos tratan con cariño porque nos quieren, nos miran con ternura porque entienden nuestra frustración, pero no ceden en lo fundamental: ya no son madre e hijo hablando a tumba abierta, abriéndose rincones del alma el uno al otro, sino un palique sin misterios para que el padre participe, preservando un mundo privado que han ido amasando, esculpiendo, moldeando desde el vientre donde empezaron a conocerse.

La madre y el hijo nos admiten con afecto, pero hay en su voz y en su sonrisa un punto de ironía, como si asumieran con amor que los padres estamos un poco pirados, enredados en nuestras manías y delirios. Enseguida adivinas que no debes forzar la situación. Ellos nos adoran, conocen nuestras limitaciones y las disculpan, saben que somos hipocondríacos, neurasténicos, maniáticos. Que nos desarbola el agobio. Y también saben dar con la tecla que nos devuelva a esa zona de confort y bienestar en la que, conscientes de nuestras limitaciones, deberíamos recluirnos todos los padres del mundo.