Diario de León

Creado:

Actualizado:

Hay dos árboles que se han ido perdiendo en nuestros paisajes agrarios y rurales porque no tienen quien mire por ellos ni por su descendencia, que les ha ido menguando. Los dos abusando con flor. Y con fruto tentador además. Los dos alcanzan buen porte. Los dos crecen ya sólo en la memoria. Uno, el mostajo. El otro, el silbar. Los dos tuteando a este clima severo de heladas o estiajes. Los dos premiando con mostajas o con silbas. Qué dos. Vaya dos.

No hay mejor madera para mangos de hacha que la del mostajo; y a la del silbar la odia la sierra logrando mal el tronzarla. Pero en esta ciudad de jardinete firulí no asoma ninguno de los dos siendo tan de aquí y sin rival como ornamentales. Sí recuerdo un pequeño mostajo. Estaba al pie de las escalerillas de entrada a la Cárcel Vieja, en Puerta Castillo, arbolete en espacio público cuyo fruto ni intentábamos tocar por la presencia de los dos policías armados con abrigote imponente que guardaban aquella puerta por la que vimos entrar una vez una larga cuerda de presos, gitanos eran con algunas gitanas que llevaban cacharros de cocinar, y nos asombró pensando que les dejarían hacerse su comida allí dentro porque venían para rato largo. Un poco más allá, en los dos carrines de chucherías que se plantaban bajo el Arco de la Cárcel vendía ramilletes de mostajas rojas una paisanona de mucho faldumento y mantón negro que era de Valdevimbre y tenía bigote, pero ¿para qué comprarlas —y nada baratas— si estaban a mano tan cerca?... además, cuando las mostajas se comen rojas saben dulces, pero algo terrosas. Ese fruto lo gana todo tal como se comía en La Sobarriba, acomodando sus racimitos en una vara hasta formar una larga piña y colgándolos en su proceso de hacerse como pasas para llegar a Navidad con sus azúcares colmados tentando a un comer y no parar. Otro tanto sucede con las silbas; no por estar rojas podían comerse, su astringencia plegaba la boca y había que dejarlas «pasarse» sobre trigo o paja, es decir, macerándose, cambiando azúcares por un alcohol ligero. Y como eran más de comerlas los niños, les entraba cierta euforia y agitación, por no decir un divertido pedete.

tracking