Diario de León

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Este Florentino me gusta. Como seguidor de un club de fútbol modestísimo, ya desaparecido, los grandes equipos me dan tirria, pero añoro las figuras de los presidentes atrabiliarios, de pensamiento confuso y decisiones majaretas. ¡Qué tiempos los de Jesús Gil, José María Caneda, Ruiz Mateos, Lopera! Joan Laporta está ahora mucho más comedido, y es una pena: yo lo prefería cuando se gastaba el dinero en árbitros, champán francés y paseos en yate. De Florentino, sin embargo, nunca esperé nada, quizá por esas pintas tan poco prometedoras, como de interventor en una sucursal de provincias. Solo cuando llamó «tolili» a Coentrao supe que realmente allí había una persona muy dotada para el insulto, en la mejor tradición ibérica, aunque reprimido por años de educación burguesa. Ahora por fin ha derribado Florentino la barrera entre el parecer y el ser. Quienes nos tomamos el fútbol a chirigota lo celebramos. No creo que lleguemos a verlo chapoteando en un jacuzzi con cuatro mulatas en bikini, como al llorado Jesús Gil, pero vete tú a saber: cuando uno quita los frenos, el despendole puede alcanzar alturas épicas. Entre Imperioso y Mourinho, tan briosos ambos, tampoco sabría decidirme.

La rueda de prensa del presidente del Real Madrid fue una cumbre de la comunicación institucional, y no solo porque sus asesores tuvieran la habilidad de retirarle el carajillo y el farias antes de que conectasen las televisiones. Contra lo que insinúan muchos malvados periodistas, la comparecencia pública sí cumplió su objetivo. Pretendía Florentino despejar todas las dudas sobre su salud y su capacidad para dirigir el club más poderoso del mundo. En efecto, las despejó.

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