Diario de León

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En la vida es muy importante estar centrado. La desorientación, la falta de una brújula que nos marque el norte, desencadenan serias y negativas consecuencias. Por el contrario, la focalización y previa selección de lo realmente importante suelen acarrear efectos positivos de manera inmediata o mediata.

Centralidad implica tener una sólida columna vertebral que vertebra todos nuestros pensamientos y sus consiguientes acciones. Esta, tiene una dimensión psíquica y otra física, el mundo de las ideas y el mundo material. En este último caso si cortamos nuestra columna por el medio, el cuerpo quedará dividido en dos mitades exactamente iguales. Hecho que refrenda la importancia de la centralidad.

Es un bien que escasea. No está de moda posicionarse en el centro de las cosas. No se me mal interprete, no estoy hablando de política, ni haciendo proselitismo de ninguna corriente de pensamiento, aunque debo confesar que Aristóteles me motiva a identificarme con su sentido central de la justicia y su carácter retributivo.

Colocarse en el centro proporciona una visión mayor y más completa de los acontecimientos, al mismo tiempo que permite un relativo distanciamiento estoico beneficioso para la toma de decisiones acertadas. Pero, no todo el mundo está de acuerdo con esta teoría.

Napoleón, que fue un poco radical en los asuntos de la guerra, sí era partidario. Es más, bautizó una de sus más innovadoras estrategias militares como 'la posición central'. Por el contrario, el Mariscal Rommel, era partidario de estar en el foco del conflicto. A vanguardia dirigiendo su ejército como punta de lanza, sin tiempo apenas de reacción y tomando decisiones sobre el campo de batalla. Nada de distanciamiento. Le costó más de una herida grave y casi la muerte.

Está claro que a diferentes mentes, diferentes ideas. Pero, si nos atenemos al juicio analítico y buscamos la relación causa-efecto, el centro nos permite ser más eficientes, no digo que más felices, pero sí más eficientes. Aunque, la eficiencia debiera contribuir a nuestra felicidad dada nuestra naturaleza hedonista que tiende a la laxitud y rencor hacia el esfuerzo.

El tema del dominio del centro del campo se ha asumido muy bien en el fútbol. La polémica de los resultados deportivos, mejor dicho, no resultados, del mejor equipo del mundo ha disparado todo tipo de opiniones. Todos llevamos un entrenador, y en este caso un presidente dentro. Claro, todos tenemos las soluciones a algo impensable como un año en blanco para los merengues.

Hasta el más analfabeto futbolísticamente sabe que un centro del campo fuerte, robusto, imaginativo, es la clave del éxito. Aquí se pergeña el ataque, defensa, se marcan los ritmos, se deja jugar, o no, al equipo contrario. Cerebro, corazón y pulmón todo concentrado en el centro. Pues en el Madrid se nos ha caído.

No hay un actor central en el centro del campo que comunique a modo de nodos la red social que constituye un equipo de fútbol. Lo que se denomina técnicamente punto de conmutación, vamos, el centrocampista organizador de toda la vida.

Extrapolando la realidad futbolística a lo cotidiano, si hay algo más cotidiano que el fútbol, se puede demostrar, mejor que de manera matemática, la importancia de la centralidad. Se nos caen los palos del sombrajo desde el momento que el centro se hunde.

Se puede y se debe ser radical a la hora de mantener posiciones centrales. Por ejemplo, frente a radicalismos simplones e ineficientes, es aconsejable no apearse de las posiciones razonadas y razonables. Eso sí, frente al estilo cutre que suele acompañar a los amigos de la radicalidad, la centralidad debe ejercerse con estilo y buenas maneras.

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