Diario de León

DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN

Los periódicos a veces también abrazan

MANUEL MARTÍNEZ 
LANZADOR DE PESO

MANUEL MARTÍNEZ LANZADOR DE PESO

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Las victorias comienzan lejos de los estadios y no terminan con las medallas. Esta historia podría empezar en una cocina de un quinto sin ascensor, con el «Eko» humeando sobre la mesa y una madre doblando el Diario de León mientras dice aquello de «mira, sales aquí». Y tú, todavía no sabes si llegarás muy lejos o si acabarás trabajando en cualquier cosa, pero haces como que no le das importancia, aunque por dentro sientes un orgullo contenido.

Mi relación con el Diario de León ha sido eso, una mezcla de costumbre, compañía y espejo. Como esos bares donde uno entra durante años y la camarera acaba sabiendo cómo te gusta el café sin preguntarlo. Ambos estaban ahí antes de que yo aprendiera a lanzar el peso y siguieron estando cuando empecé a entender que la vida pesa bastante más de siete kilos con doscientos cincuenta y seis gramos.

Atesoro aquellos recortes amarillentos como quien guarda entradas de conciertos inolvidables o cartas de amor. Yo era un chaval de León que entrenaba mientras los demás salían por ahí a gastarse la juventud a sorbos. Y, de repente, un día aparecía mi nombre en el periódico. Pequeño, discreto, perdido entre resultados de regional y anuncios de talleres mecánicos, pero ahí estaba. Y eso, aunque ahora suene ñoño, era parecido a tocar el cielo con las manos llenas de magnesio. En aquellos años salir en el Diario de León significaba existir un poco más.

Nuestro periódico fue contando como crecían mis lanzamientos y también mis dudas. Pocos cuentan lo que cuesta llegar. El frío de León a las siete de la tarde, las lesiones que aparecen justo cuando te sientes invencible, los viajes incómodos en los que solo ves hoteles y estadios. La soledad de los deportistas es una soledad moderna, de esas en las que siempre estás rodeado de gente y, aun así, muchas veces te sientes solo.

Los periodistas eran compañeros de camino, llamaban después de una competición, esperaban bajo la lluvia. Escribían los titulares enormes cuando llegaban las medallas y las columnas pequeñas, pero honestas, cuando tocaba perder. Con los golpes de la vida vas aprendiendo a agradecer mucho más quien se queda durante las derrotas que quien aparece solamente para brindar en las victorias.

Nunca olvidaré una entrevista después de un campeonato especialmente duro. Yo estaba roto física y mentalmente. Recuerdo que el periodista me dijo algo así como: «La gente cree que los atletas sois de hierro». Y me salió responderle: «No, hombre… de metal son las estatuas; nosotros nos rompemos a menudo». Al día siguiente esa frase apareció publicada y durante semanas la gente me paro por la calle para hablarme de ella y agradecerme la clarividencia. Entonces entendí que los periódicos a veces también abrazan.

Luego llegaron los Juegos Olímpicos, las medallas, los himnos y esa curiosa sensación de representar a tu tierra. Y siempre, de una forma u otra, el Diario conseguía acercarme de nuevo al barrio, a los míos. Había algo emocionante en pensar que mientras yo lanzaba en cualquier parte del mundo, alguien desayunaba leyendo aquellas líneas en el bar de debajo de casa de mis padres.

Después vino el vértigo de dejar el deporte profesional. Que es un poco como bajarse de un escenario cuando todavía suenan aplausos dentro de tu cabeza. Y entonces decidí meterme en otro lío maravilloso: el cine, la interpretación, la producción audiovisual. Algunos pensaron que estaba loco. Seguramente llevaban razón. Pero el atleta no deja de serlo nunca, simplemente cambia de estadio.

Descubrí que el cine se parece bastante al deporte. Horas infinitas, tensión, afán de superación y un grupo de personas intentando que algo salga perfecto, aunque sepan que la perfección no existe. Me enamoré de las historias contadas detrás de una cámara igual que antes me había enamorado del atletismo.

Y otra vez el Diario estuvo allí, observando mi nueva aventura sin prejuicios. Dejándome ser principiante de nuevo. Que eso es un regalo enorme cuando ya has triunfado en otra cosa. Porque empezar de cero da mucho miedo. Uno vuelve a sentirse inseguro, torpe, adolescente.

Hoy mi vida transcurre de nuevo entre entrenamientos y jóvenes atletas. Preparo a chavales que tienen los mismos sueños que tuve yo y los mismos dolores después de las sesiones duras. Cuando los veo frustrarse por una mala racha, les explico que el deporte, igual que la vida, consiste sobre todo en levantarse con elegancia después de cada caída.

Ciento veinte años cumple el Diario de León y no sé si un periódico puede parecerse a una persona, pero este se parece bastante a esos viejos amigos que han visto todas tus versiones, la arrogante, la insegura o la gloriosa. Y aún así siguen sentándose contigo a compartir la última copa.

Yo, por mi parte, solo puedo dar las gracias. Gracias por contarme cuando apenas era un chaval. Gracias por acompañarme cuando me creía invencible. Y gracias, sobre todo, por seguir estando ahora que uno ya entiende que las mejores victorias no salen en los periódicos.

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