Diario de León

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Entenderán que yo odie profundamente a Bad Bunny. En un momento de su adolescencia, hacia los catorce o quince años, un día cualquiera, tal vez fuese en un miércoles, sin venir a cuento ni dar explicaciones, mi hijo dejó de escuchar las canciones de los Guns’n’Roses que yo le había dejado en amorosa herencia y se pasó a Bad Bunny.

Uno comprende que los chavales deban reafirmar su personalidad y a veces tengan que matar al padre (confío en que solo metafóricamente), pero me sentí entre traicionado y confuso, como los socialistas cuando descubrieron que Ábalos no era del todo feminista.

No lo comprendí. Y hablo en sentido literal: no sabía qué demonios decía ese hombre, que parecía sufrir algún tipo cruel de enfermedad que le estuviera afectando severamente al habla. Sonaba como si cantara mientras el dentista le hacía una endodoncia, con el torno arriba y abajo y las gomas metidas en los papos, lo que al menos habría tenido cierto mérito fisiológico. Supuse que era un poeta de la experiencia porque decía muchas veces «culo» y «chingar», seguramente por influencia de Juan Ramón Jiménez, que murió en Puerto Rico y alguna simiente dejaría por allí.

En el año 2018, Bad Bunny actuó en un polideportivo de mi ciudad. Quedaron entradas por vender y sus letras fueron unánimemente repudiadas por machistas y cosificantes.

Ahora lo veo en Madrid, sobre el escenario del estadio Metropolitano, rodeado de actrices famosas, con la mujer más rica de España haciéndole los coros, y me siento perplejo, extraviado, como si me hubiera perdido un par de episodios de la serie y ya no pudiese coger el hilo. ¿Pero qué diablos ha pasado?

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