CANTO RODADO
El Bierzo floreció en Gordoncillo
hay un lugar donde el vino se hermana con la palabra y las letras son el trigo dormido en la panera. Gordoncillo, pueblo del sur de León que es norte de la vitivinicultura y la cultura rural, entregó una nueva Semilla de Oro al hijo del panadero. El heredero de «el hombre que se quitaba el sombrero ante los cerezos en flor», su primer maestro y mentor, Gilberto Núñez Ursinos. Juan Carlos Mestre, Mestrín, era un chavalín berciano, del mismísimo barrio de La Cabila de Villafranca, que se subió a uno de aquellos trenes nocturnos, el gallego, rumbo a Barcelona. Iba a cumplir el sueño de estudiar en una urbe que en los años 70 representaba la capital europea de España. ¡Cuánto ha cambiado todo, incluso en esa Cataluña que se empaletiza con el monocorde sonido de una lengua única!
El joven Mestre estudió periodismo y escribió sus primeras crónicas en la legendaria Ajoblanco y el mítico Mundo Obrero. Iba el chico con la semilla de la lucha y de la resistencia, tan propias de los lugares de frontera, incrustada y, sin forzar la postura ni la compostura, se convirtió en insumiso cuando la mili era deber inexcusable y la objeción de conciencia era un reto aún por conseguir en la España posfranquista.
Huyó a Chile a refugiarse de fusiles sin claveles y órdenes sin sentido para un poeta. Con Alexandra Domínguez, el amor de su vida, compañera artísta, se adentró en Concepción, en el principio del sur de ese país que es una lengua de tierra recostada en los Andes que lame el océano Pacífico.
Los vínculos con América del Sur quedaron firmemente amarrados a su alma universal de berciano. Porque como escribió el escritor (y médico) portugués Miguel Torga, y no nos cansamos de repetir: «Lo universal es lo local sin fronteras». Madrid, Roma, Villafranca, León... Pereira, Gil y Carrasco, Carnicer, Beberide, Úrsula, Gamoneda, Angelines, Esperanza Mestre... La semilla de las generaciones en su pasión por la vida y en su brújula, ese lugar que rotula el premio Cervantes en la exposición homenaje del ILC en la Panera del Mihacale: «La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes».
Necesario y contundente fue el aldabonazo de Miguel Ángel Varela: «La situación se ha hecho insostenible», «hemos aceptado que se modifique la condición de ciudadanos por clientes» y hemos pasado «de protagonistas de la ternura a figurantes sin papel de una película de zombis de serie B». Genocidas, esclavistas de la tecnología, superricos desalmados, seres «incultos», que dijo Pasolini, sin respeto por la condición humana. Muchos, desde la ignorancia de su propia muerte, les siguen.
Mestre, premio Adonais, Castilla y León de las Letras y más... padre de rimas proletarias, durmió tres meses seguidos con la garganta prisionera. Se levantó. Y la palabra brotó. Reclamó «el bien común de la justicia frente a los poderes abusivos», entre sonidos empapados de lágrimas: «Que la bendición de las aguas descienda sobre las semillas». Y lo bonito que fue ver al Bierzo florecer en Gordoncillo. Abrazo de tierras, abrazo de gentes.