Diario de León

CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Ciudad verde

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En las últimas fechas, la gente de León nos hemos visto sorprendidos a plena luz del día por un corzo por las calles y una culebra acomodándose en el motor de un coche. Acostumbrados como estamos a las ratas campando a sus anchas, se entiende ese estupor, semejante al que produce la circulación cataléptica de la zona 30 en lo que antes se llamaba ciudad, cuando las aceras aún no eran jardines botánicos. Que a uno yendo en coche le adelante un patinete, pase, pero que un ciclista nos sobrepase incluso portando el hándicap de una mochila cargada con la cena de una familia numerosa resulta bastante deprimente para los automovilistas que acaso todavía tienen alguna letra pendiente del coche… Ya no digamos descubrir el sobresalto de esa liebre que atraviesa la calzada para cambiar de mata, seguida por su hatajo de lebratos despreocupados, o el de unas codornices acudiendo al reclamo de un claxon barítono.

Se nos está quedando un paisaje urbano de lo más nemoroso. Digno de aquel momento en que la ciudad soñó con que la declarasen Capital Europea de la Cultura, por lo bucólico. Ahora que Oviedo está en esa carrera para el 2031, habría que invitar a los representantes del concejo asturiano a que se paseasen por nuestros sotobosques fluviales, nuestras sendas verdes, nuestras calles con parterres espontáneos. Los que todavía recordamos que Renueva terminaba en unas eras incultas a las que se iba a jugar a la pelota o a aprender a conducir no nos extraña tanto que el campo esté reconquistando el asfalto, que aquí y allá sobresalgan esquejes que nos llegan por la cintura, que la poderosa naturaleza regrese por sus fueros y se imponga. Sucede en la zona de exclusión de Chernóbil y en nuestras calles ese tránsito de la ciudad hacia reserva natural, con sus animales y su vegetación en vigoroso estado de emergencia, pues la verdura crece hasta en los alcorques sin tierra, en el poliuretano regado por los orines de los perros. No hemos llegado todavía a declarar el asfalto en peligro de extinción, pero nuestra nueva capital ecologista, abocada a regresar a su origen agreste, avanza, a salto de mata, pero avanza. Por verde podríamos llamarla Flora, como a Roma, si no fuera porque, visto lo visto durante este año, le va mucho mejor Ciudad Urraca.

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