Diario de León
Alberto Ares, en una recepción con el Papa.

Alberto Ares, en una recepción con el Papa.DL

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Alberto Ares
jesuita leonés. Director del Servicio Jesuita a Refugiados en Europa, e investigador y profesor de la Universidad Pontificia Comillas.

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El Papa León visita la Sagrada Familia en Barcelona. No se trata de un acontecimiento más, sino de una invitación a mirar con mayor profundidad nuestro presente. Su presencia conecta memoria y futuro, raíces y horizonte, fe heredada y fe vivida en un mundo en transformación.

En Veguellina de Órbigo, el pueblo donde nací, descubrí que la fe se aprende en lo sencillo: en la acogida, en la conversación compartida, en la mesa abierta. Nuestra tierra, marcada por el Camino de Santiago, conoce bien el valor de acoger al que llega y dejarse transformar por el encuentro. Mirar hoy a Barcelona es también volver a esa identidad que abre sus puertas y que forma parte de lo mejor de nosotros mismos.

La Sagrada Familia, con su belleza aún inacabada, es un símbolo que impresiona. Nos recuerda que la fe no es algo cerrado, sino una obra en construcción. También nuestra sociedad y nuestra Iglesia lo están. En medio de incertidumbres y tensiones, seguimos llamados a construir espacios donde la dignidad humana sea el verdadero fundamento.

Como jesuita, esta visita es una invitación al discernimiento. No basta con escuchar; es necesario preguntarnos qué nos pide este momento histórico. Europa vive tiempos complejos, especialmente en relación con la migración. Desde mi trabajo en el Servicio Jesuita a Refugiados, veo cada día cómo esta realidad tiene rostro y nombre: personas que buscan protección, oportunidades y un lugar donde rehacer sus vidas.

El lunes en el Congreso de los Diputados, el Papa León nos recordaba que “la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

Barcelona, ciudad abierta y diversa, simboliza bien este desafío. Y la Sagrada Familia, en su corazón, nos habla de una universalidad que no excluye, sino que integra. En un mundo marcado por el miedo a la diferencia, estamos llamados a descubrir en ella una oportunidad de enriquecimiento mutuo.

Pero esta llamada no puede quedarse en palabras. La hospitalidad es concreta: se traduce en decisiones, en políticas, en gestos cotidianos. Significa abrir espacios, compartir recursos y reconocer en cada persona un hermano o una hermana.

León, tierra de peregrinos, nos enseña que el camino transforma tanto a quien llega como a quien acoge. Hoy, esa lección es más necesaria que nunca. Estamos llamados a construir una sociedad donde nadie quede fuera.

La Sagrada Familia sigue en obras, como lo está nuestro mundo. Tal vez ahí resida la esperanza: en saber que aún estamos a tiempo de construir algo mejor. Que la visita del Papa León nos impulse a ello, ayudándonos a caminar juntos, a acoger sin miedo y a hacer de nuestra fe un verdadero hogar compartido.

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