Diario de León

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La historia de Cuba ha sido muy convulsa. Durante el último siglo, por hacer una referencia cronológica redonda, sin entrar en la amplia casuística del detalle, además de convulsa, dolorosa y empobrecedora. Empobrecedora en un país rico si está bien programado y dirigido. Después del primer mandato de Fulgencio Batista —no hablamos de los sucesos nada democráticos previos a este personaje—, su golpe de estado de 1952 instauró una dictadura en buena y escandalosa medida marcada por la dependencia de los intereses de Estados Unidos. Para combatir tal dictadura llega una nueva, profundamente represiva, que, al amparo del término revolución, se alargó hasta nuestros días, desde hace ya casi siete décadas. La prolongada sinrazón castrista. Ahora mismo once millones de cubanos —el pueblo siempre paga todos los desmanes de locos y poderosos sin escrúpulos— se encuentran en situación de extrema necesidad, resistiendo como pueden el asedio y bloqueo político y económico de EE UU, que impone exigencias, como el puñetero dueño que no tolera disidencias ideológicas en sus inmediaciones continentales (le empiezan a incomodar las inversiones multimillonarias en su feudo de países del otro lado). Ahogar al pueblo para conseguir su claudicación, sin posibilidad de respuesta fanfarrona como pretende el régimen. Un Trump decadente, por viejuno de mente y actitud. Solo tiene dinero, ni una chispa de misericordiosa lucidez comunitaria en ese cerebro acuoso. Es fácil que a los cubanos les aconseje el hambre. Cuba está al caer en las políticas autoritarias y caprichosas de Washington, que es tanto como decir que el próximo dictador puede ser, será seguramente ese cabestro, dios redentor Trump. ¿Cómo se puede explicar que para que no se enfade el niño caprichoso y se dobleguen a sus amenazas nuestros centenares de empresas en la isla deban abandonarla? No hay duda de quién manda, aunque aún no sea oficialmente, y la próxima invasión disparatada hasta puede ser del país en que no le hayan gustado los calamares en su tinta, que quizá le vuelvan loco como playas y hoteles. No se sabe qué hará con ellos en este territorio caribeño, como su hija en la isla Sazan de Albania. Poder y poder, aunque sea destruyendo. No pintan alegrías en ninguno de los casos. España perderá seguramente parte de su memoria colectiva cubana. Tengo para mí que Cuba sigue siendo hoy el pueblo más español de América. Y quitó hambre a muchos españoles, impulsó en sus buenos tiempos varios proyectos de nuestro país y, en concreto, de la provincia de León. Conviene no olvidarlo. Desconozco el alcance de la solidaridad española en estos momentos difíciles de la Cuba ya postcastrista posiblemente bajo la bota negra y gigante del impresentable americano, al que habría que recordar que, al margen del chantaje en toda regla, lo verdaderamente importante es que sea el pueblo cubano quien decida su futuro en libertad. Ya es hora, han perdido el auténtico sentido de sus vidas muchas generaciones. Intolerable.

Parece, según cuentan algunos medios cubanos, que, indignados por la actual dureza del bloqueo, puede haber un enfrentamiento entre EE. UU. y Rusia-China-Vietnam. Si es así, hasta podría recular el americano. Pero tampoco sería la solución, porque no se trata de bloques sentimentales ideológicos, cada vez menos sentimentales y más económicos. Tengan en cuenta unos y otros, por favor, que lo importante son los cubanos del alma. Y de la solidaridad. Y del derecho a una vida digna. Esto es lo importante.

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