Diario de León

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Qué enorme retablo. «León en los viajeros» va en el título. La mirada de los otros que no viene pagada ni esperan pasarla a cobro, lo que garantiza la serenidad y sinceridad de lo visto y descrito. Gente que pasó por aquí y lo contó. Eso han pesquisado con fatiga escudriñadora Javier García Prieto y Roberto Escudero compilando la mayor cifra de miradas ajenas que nunca se haya visto. Viajeros de lejos o foráneos al paso. La maestría con que sus autores enhebran aquí tantas miradas hacen casi escasas su medio millar de páginas de un cromatismo excepcional. Cuán útil y necesaria es siempre la visión de los otros, pues uno no es tanto lo que cree de sí mismo como aquello que los demás aprecian. Tú no te ves... ¡te ven!

Y como todos aquellos que pasaron por León y aquí desfilan, desconocidos algunos y de pluma afamada no pocos, no aspiraron con su mirada a ser cronistas oficiales de nuestro ombligo, tómense sus impresiones por sinceras a carta cabal, aunque subjetivas a veces y alguna maliciada o cojita, incluso la que vitupera, pero en todo caso limpias de otra intención que no sea describir lo que vieron y sintieron, de modo que en casi toda ocasión son el asombro, la admiración y la sorpresa lo que inspiran sus líneas. Tómense como espejo, mirémonos necesariamente en él, y León quizá descubra un rosto más aproximado de lo que es en realidad, mientras se reiteran las gracias infinitas a los autores que aquí nos lo sirven en gran tamaño y amenidad para logar averiguar en algo lo que somos en ojo ajeno y lo tuertos que a menudo estamos con el nuestro.

«Va a ser difícil incrementar este visionado viajero después de lo que han hurgado Roberto y Javier», dice su editor Reñones. Son más de doscientas plumas las que trazan nuestro dibujo, pasafraseando aquello que decía Bertrand Russel de profesores de Historia, «los países no cambiarán hasta que sus cronistas sean extranjeros». Porque este es un libro que deberán leer todos los que se digan «moridos de amor» por su tierra, como la Pícara Justina, pisando suelo de realidad y apeándose de glorietas históricas a las que da vueltas un orgullo vago.

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