La camiseta, über alles
La nueva Alemania llegó a mostrarnos al último líbero de la estirpe europea. No alcanzó el Mundial del 90, del emergente Schillaci, del hijos de puta de Maradona, el de la camiseta del panzer con la bandera estampada en el pecho, para celebrar la caída del Muro y la reunificación. Se mascaba un Good bye, Lenin en Berlín al tiempo que Matthias Summer rompía los tópicos de la RDA. Un señor futbolista de la Alemania de Hocneker. Un pedazo de futbolista. Hubo que esperar al 94 para ver aquel portento criado más allá de las líneas de alambre de espino y al calor de las miradas obscenas de la Stasi para comprender que lo del kaiser viene de serie en los valles tedescos. Eigendorf lo tuvo más complicado; además de toque, expuso valor para darse el piro. A Sammer le abrieron la frontera y Helmut Kohl financió el tránsito. Luego, que si no había emociones en la década de los noventa. Internacional por las dos alemanias y sin jaleos en la naturalización de la Fifa. También caía la Alemania entre títulos mundiales. Bulgaria le dio un revolcón en Estados Unidos. En el fondo, al que le gusta el fútbol, o sea, el fútbol de salgan ahí y mueran por el escudo, termina por tener en el armario una camiseta de Alemania. Con la cita de Italia se agotaron las existencias. Hasta el modelo trucha, que se imprimía sobre básicas de algodón. Aquel verano se iba a las verbenas vestido como Lothar Matthaus y Andreas Brehme, con cazadora vaquera al cinto porque el hielo aguanta hasta el ser de día, pero el frío por los Remedios hay que ser muy alemán para soportarlo. La provincia era una plaga; camisetas con la bandera reunificada y viseras de piensos Pascual. Aquel recital patriótico patentado en las camisetas de la selección perdió glamour cuando se pudo comprobar que el sudor liquida mejor el color que la lejía. Años más tarde, tres lustros, Alemania se pidió un Mundial para dar culto al ego. De aquel 2006, queda el genial Andrés Montes cuando le decía a Salinas: Imagina que un día tu hija se presenta en casa con un novio que se llama Mertesacker. A veces, sin los mundiales no podríamos ubicar la vida en el tiempo y en el espacio.