EL MIRADOR
La leona
Mi infancia son recuerdos de un perro ladrador en Borines, aldea asturiana del concejo de Piloña donde mi abuela Evelia ejercía de maestra. Es mi primera evocación infantil y me ha marcado: me dan miedo los perros. Para rematar la jugada, hace unos años, paseando también por Borines, un perro que, según sus dueños, era muy bueno, lanzó un bocado a mi mano al pasar junto a él. No me la pilló, pero como solo tengo una, cada vez que me cruzo con un chucho, la escondo precavido en el bolsillo.
A pesar del miedo, disimulo para no pasar por remilgado. Sé que a los ‘papican’ les molesta que ponga cara de espanto e incluso que esconda mi mano, así que, cuando un perro viene corriendo hacia mí para olisquearme, mientras su papá avisa: «Tranquilo, no hace nada», yo compongo una mueca que quiere ser sonrisa, pero es terror.
Aunque esté de moda llamar a los perros mi niño o mi niña, cuando son grandes se mitifican, la imaginación popular los convierte en leonas y protagonizan serpientes de verano. Hubo una perra-leona en Extremadura muy famosa que aterrorizó la región en los años 70 y, ya en este siglo, cinco cuerpos de seguridad persiguieron a otra ‘leona’ en la comarca catalana de La Senia hasta que consiguieron abatirla. Era un mestizo asilvestrado de dogo.
Las serpientes estivales animaban mucho los periódicos: cocodrilos en el Pisuerga, avionetas boicoteando la lluvia en Murcia, Hitler en Argentina y nunca faltaba el monstruo del lago Ness.
Fueron el precedente de los clickbait. Pero más allá de los ciberanzuelos, está la realidad: ese perrete tan majo que ya sé que «es muy bueno y no hace nada», pero mejor que lo lleven amarrado, sobre todo si es como una leona.