Diario de León

Luis-Salvador López Herrero

Médico Y Psicoanalista

Cuarenta años

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Cuarenta años de actividades y relaciones sirven para reflexionar acerca del devenir de cualquier asunto humano. No en vano hace mucho tiempo, por ejemplo, cuarenta años suponía el límite de la existencia para un individuo. Ahora, sin embargo, todo se ha ampliado, aunque no se tenga demasiado en cuenta, en nuestro hábitat, tal vez por el fuerte impulso demandante de la ciudadanía y la escasa importancia que ha adquirido la gratitud en nuestro ámbito social, siguiendo el eslogan de una hipermodernidad que pretende modificar drásticamente todos los valores tradicionales de antaño.

Pero lo cierto es que voy a tomar este lapsus de tiempo —cuarenta años—, para ubicar un momento de calma que invitaría a la meditación sobre cualquier acontecimiento humano. Así, de ese modo, cuarenta años de relaciones de pareja o de amistad; de actividad profesional o deportiva; o de vida institucional y política, abre la puerta para pensar las dificultades, encrucijadas, satisfacciones y límites que adquiere cualquier empresa humana. Un límite que siempre nos anunciaría lo imposible de alcanzar y de soportar. Pongamos, como ejemplo, el marco democrático. Algunos hemos tenido la fortuna de vivir gran parte de los «cuarenta años» de franquismo y de democracia de partidos, actuales, y, ¿qué hemos podido comprobar? Que el mundo de ayer ha cambiado, para permanecer sin embargo todo igual a un nivel profundo, porque hay algo en la condición humana que se lo impide (las pasiones), más allá de los diferentes modelos sociales o políticos en juego. Y, es evidente, que esta imposibilidad de cambio no es cuestión de información o de conocimiento que, por otra parte, hoy en día se han ampliado hasta la saciedad, sino de aspectos demasiado humanos que, insistentemente, no logran evolucionar mediante leyes ni mucho menos a través de religiones o ideologías que, en ocasiones, incluso promueven desmedidamente dichas pasiones. Me estoy refiriendo a la transformación del mundo psíquico y su corolario de afectos, sentimientos y emociones, que permanecen inalterables desde tiempos inmemoriales, asediando a un individuo que siente, que no es dueño de un psiquismo que suele jugarle malas pasadas. Por eso, todo lo que podemos estar conociendo en la actualidad a propósito de las ansias de poder narcisistas o la acumulación de objetos —así como el marchamo de corrupción, clientelismo y amiguismo que parece apreciarse en nuestro mundo democrático—, carece de antídoto o de cura, y es el resultado de todo eso que, desde los albores de nuestra civilización, se buscaría encauzar mediante prohibiciones, leyes e instituciones, que resultan necesarias, pero vanas a la hora de corregirlas. Les recuerdo, en este sentido, que los «pecados capitales» y virtudes de antaño, transmitidos en la educación religiosa, o los ideales confeccionados posteriormente en el ámbito laico, formarían parte del mismo baluarte de aspiraciones, que ya el mundo antiguo trató de modificar, infructuosamente, mediante un catálogo de actitudes y comportamientos éticos, imposibles de alcanzar, precisamente, por ese «pathos»

que palpita en el alma, en el inconsciente. Porque, insisto, el hombre y su conciencia no son dueños de su psiquismo; lo cual no impide tener que aceptar la responsabilidad que subyace en todo aquello que se piensa y se ejecuta. Luego la conocida y afamada «teoría de la evolución humana» que permitiría graduar «científicamente» la adaptación de los seres a través de los cambios de la fisionomía y de las funciones fisiológicas, se muestra inoperante a la hora de comprender o de abordar el capítulo de los afectos, sentimientos y emociones. Y mucho menos de modificar todo ese «pathos»

que subyace en cualquier comunidad de forma permanente e inalterable. De ahí que se repita periódicamente la misma historia de hechos delictivos de sus dirigentes más valorados, de sus personajes socialmente reconocidos o de sus diferentes promotores ideológicos ante el asombro de una ciudadanía incapaz de despertar de su sueño celestial. Sí, es cierto, «cuarenta años» da para mucho, aunque no sea una eternidad, y nos debe permitir reflexionar acerca de los límites que impone la vida y nuestro mundo a la condición humana. Entonces, ¿qué puede hacer la población y especialmente la juventud, una vez que desconfía ahora, con razón, de los partidos políticos o del valor de la democracia, del mismo modo que la juventud de antaño desconfiaba del franquismo? No hay otra manera de vivir genuinamente el presente sino mediante el abordaje y la experiencia personal de toda esa subjetividad pasional que subyace en cada uno de nosotros. Porque la vida es como es y no admite ningún cambio, porque en verdad nada hay que cambiar; es decir, simplemente, se nace, se trabaja y se muere. Todo lo demás son anécdotas; notas a pie de página de nuestra efímera historia particular, de fantasías, creencias, placeres y sufrimientos. Y el mundo, como tal, no tiene arreglo, y seguirá girando con los mismos asuntos y problemas de siempre, aunque los ropajes nos resulten diferentes. Luego jóvenes: ¡realizar un esfuerzo de imaginación, sin móviles, para poder conoceros mientras experimentáis vuestros anhelos como cáscaras de una eternidad que continuará sin más! Y, si no lo conseguís, solicitar ayuda para tratar de encontrar vuestro lugar en el mundo; ese espacio que os aguarda si sabéis frenar el ímpetu de vuestras ilusiones a través del esfuerzo y de una larga como paciente espera. Para los bebés que están en camino.

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