AL TRASLUZ
Vale, ¿y qué?
Acabo de cumplir un año como feliz jubilado más o menos activo, y tengo ya alguna conclusión al respecto: a mis 67 años —68, en octubre—, soy un previejo. Indudablemente, es así. Algunas cosas no cambian solo por ponerte tu vieja camiseta de Naranjito. La prevejez es un estupendo estado. No pretendo saber más que Sócrates pero a mí aquello suyo de «solo sé no sé nada» se me queda algo escaso. Por ejemplo, sé que ya nunca interpretaré a James Bond en el cine. Vale, ¿y qué? Pero, quién sabe, aún puede caerme un Rocky. También sé que nunca aprenderé sánscrito, ni jugaré en un Mundial. Lo asumo, sin frustración. Pero de aquí al siglo XXII aún espero aprender algunas verdades más de las de hasta ahora ya aprendidas; por supuesto, a estas alturas de mi vida voy a seguir sumando a los dedos, prefiriendo con cebolla la tortilla de papata. En la prevejez, te simplficas. No tengo especial comecome por saber quién soy, de dónde vengo y a dónde iré. Tiempo al tiempo, me digo. Además, Marta es una enciclopedia andante. Ayer mismo cuando dije zalamero: «No sé, no sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco», ella enseguida me aclaró: «Rumba Tres, década de los setenta. ¿Quieres la discográfica?». Toma erudición rumbera y rumbosa. Ignoramos mucho más de lo que sabemos. Vale, ¿y qué? Lo he escrito aquí muchas veces: todos nacemos sabiendo reír y llorar en todos los idiomas. Maravillosa erudición.
También, hay quienes de jubilados se aburren, porque echan de menos poner a escurrir —por lo bajini— al jefe de su negociado. Tiene fácil solución: vas al trabajo y desde la puerta le gritas unos tacos liberadores, pero de perfil bajo no vaya a llamar al compañero vigilante jurado. Por si acaso, la chiquillada mejor hacerla con patines y disfrazado. Hay jefes que corren mucho.
Nunca he entendido por qué el bello Dorián Grey vendió su alma al diablo, a cambio de que su retrato envejeciese por él. En fin, ya puestos, mucho mejor pactar que envejezca tu jefe, para que sea él quien se jubile antes. Y además organizas el banquete de despedida. Y con placa de recuerdo. Ah, la vida. A tu jubilación no hay que pedir más que salud y una primitiva cada 15 días. Nos queda mucho menos de lo ya vivido. Vale, ¿y qué?