CORNADA DE LOBO
Boludo, te perdés
Quien con la chorra no alcanza, la mano levanta. Decían las prostitutas de Dakar enjuiciando a sus diferentes clientelas en un inefable reportaje en la última página de este periódico hace veintiocho años que las mayores proporciones instrumentales no se daban en Senegal como se cree y reza el mito, sino en Rodesia y el África inglesa, y que eran los asiáticos quienes la tenían más corta, cosa que suplían siendo los más violentos, como si quisieran compensar su cortedad de atributos haciendo más largo el puño.
Ni más ni menos es lo que le ocurrió a Argentina en la final del Mundial. Donde no le llegó la chorra (y la suerte) le alcanzó la mano y así, tras el pitido final, Molina golpeó a un Rodri dispuesto a celebrar la victoria, Eric García le preguntó por qué, pero Paredes agarró del cuello a Eric, lo tumbó y, después, junto a Almada, derribaron y golpearon a Gavi, que acudió a defender a su compañero de equipo y selección, mientras el ayudante de Scaloni se encaraba con Dani Olmo con un puñetazo en la cara echándole hilo a la desvergüenza. No quiero imaginar qué hubiera ocurrido si Milei les hubiera prestado su motosierra, aunque es de suponerle su cara estreñida contemplando la derrota en Buenos Aires al rehusar estar córpore insepulto en Nueva York junto a su idolatrado Trump. Y aún restaba la rúbrica del infame, del indecente y mal perdedor que siendo grande no mostró siquiera un pelito de grandeza en la derrota al volverse hacia la grada mientras le entregaban el título a la selección española, dando la espalda, que es también el culo por el que debió entrarles el gol si se observa la cara de esfínter o alicates que mostraban todos ellos... y con lagrimita de poca compasión en el jeto de Messi... ¡che, boludo!, te perdés en la rabia del que se cayó de su soberbia y grandonismo creyendo merecer victoria sin bajar del autobús de su gloria. Y os mearon en el juego, os dieron una lección de fútbol y cinco ensayos de gran gol... merecísteis perder porque no sabéis perder (ni jugar sin dar tanta cera) y lo hicísteis del mismo modo con que se suicida el argentino babayo, lanzándose desde su alto ego.