EL MIRADOR
Gran ganga
Me he hecho nudista. Por necesidad, no por gusto. Dos veces he ido a probarme bañadores, dos. Y mi gozo en un pozo. Digo yo que una señora de mi edad y condición tendrá derecho a ponerse un traje de baño con el que no parezca o una vedete del Paralelo o una monja que se va a chapotear al Mar Menor. No hay término medio: hay que elegir entre La Maña y Sor Citroën. Al final, cogí un par de bañadores y un bikini que parecían cumplir mis requisitos. Pero la esperanza me duró hasta que entré en el probador. Porque ese es el momento de la verdad. Las amigas pueden mentirte, pero el espejo no. Y conmigo fue de una sinceridad brutal. Salí despeinada, compungida, sin nada que echarme a la bolsa y con un bajón que para qué. Con un rebajón, vaya.
A pesar de tamaña decepción textil, que no es ni la primera ni la última, me sigo plantando en las rebajas con la misma fe con la que Tamara Falcó acude al Santuario de Medjugorje: ella quiere que se le aparezca la Virgen María; yo, un trapo bueno, bonito y barato. Por eso voy rezándole a Nuestra Señora de las Gangas. Que esté mi talla. Que me siente bien. Es la oración pagana que recito mientras examino las prendas. Porque encontrar por la mitad de su importe ese bañador que recoge la barriga, esa camiseta que pega con todo, ese vaquero que hace piernas de gacela y culo respingón o ese hato monísimo que en mayo estaba a un precio insultante es un subidón. Quien lo probó, lo sabe.
Diré en mi defensa que intento comprar solo lo que me hace falta. Pero me lo ponen muy difícil: abro el Instagram y empiezan a aparecerme tías monísimas probándose ropa. Creándome necesidades. Enseñándome pingos estupendos, como esa falda amarilla que sienta tan ideal. Bueno, ideal le sienta a ella. A la que se queja de que una talla XS le queda grande, la muy insolidaria. Luego están las adelantadas, las que te dicen: «¿Qué te vas a poner este otoño?: las claves de estilo». Yo sí que les clavaba algo, que eso de enseñar abrigos de pelo y jerseys de cuello vuelto a 47 grados hace que me salgan sarpullidos. Lo único que no se rebaja en este país es la temperatura. Y la vivienda. Siempre están en temporada.
Pero es el ciclo de la vida. O del consumismo. Lo mismo tiene. Por eso, cada año por estas fechas allá que me voy, a perderme entre las estanterías, a preguntar por tallas y colores a unas dependientas que están hasta la percha de doblar unas montañas de ropa que no subiría ni Edurne Pasaban y a chocarme con otras buscadoras de oro a precio de pirita. Cada una lo hace por un motivo: por llenar el armario, por matar el tiempo, por dejar boquiabierta a su cuñada en la boda de su sobrina, por lucir una copia de ese vestido que emocionó a Naty Abascal, por sentir que estrena una vida cada vez que estrena ropa. Hay más sociología en las rebajas que en un estudio del CIS: Tezanos, ahí tienes el barómetro de julio. En el caso de que me hubiera preguntado a mí, le habría dicho que iba con el firme propósito de ceñirme al plan trazado: si encontraba un bañador, fenomenal; y, si no, me volvía a casa tan ricamente. Pero, justo al salir de los grandes almacenes, y como quien no quiere la cosa, vi un bolso divino. Lo pillé al vuelo. Chica, qué quieres. Si es que era una ganga.