CUERPO A TIERRA
El don de Oxford
En un país libre como el nuestro, la estupidez campa a sus anchas y así debe ocurrir para continuar siendo un lugar donde la libertad es el primero de los valores, que esa es causa mayor. Si acordamos que democráticamente no cabe ponerle trabas, al menos convendría, como hace dos siglos hicieron los ingleses con la cursilería y la idiocia, imponerle ciertos modales, es decir, reglamentar de alguna manera sus manifestaciones. La solución británica fue el humor inglés, que muestra sin desvelar del todo y nada más sugiere a quienes son capaces de captarlo, mientras resulta indetectable para los demás. Es y no es ironía este humor inglés: sí en cuanto a ir algo velado, pero menos por lo hiriente, pues jamás llega a la sangre. Es un poco como aquello que Chesterton bautizó como el «don de Oxford» y definía como el negar sin negación pero con alguna sutileza más honda que nuestro «sí, por los cojones», que objetivamente también cabría en la descripción. ¿Un ejemplo? Puente respondiéndole al alcalde Diez, sobre una manifestación de este referida a Cendón, que él tampoco valdría para Ferraz pero lo borda en León. Aquí ahora llamamos zasca al humor inglés. Y reconozco que me sorprendió mucho la sutileza del exalcalde de Pucela, cosa que digo así para no acabar en los dosieres de prensa que le preparan con las menciones infaustas hacia su persona o inteligencia.
Volviendo al surco, no cabe tener mucha esperanza en una regulación de la estupidez desde arriba: esta saldrá del uso ciudadano o no saldrá: quien espere algo de las alturas, será porque no conoce el percal del que está hecha la inmensa mayoría de nuestros representantes políticos y gobernantes. No hay más que oírlos en el congreso para comprobar lo bajo que está el nivel intelectual de nuestra clase dirigente, que opta por el exabrupto, el pataleo y la carcajada de máscara veneciana porque no tiene a su alcance mental medios no ya más sutiles, sino siquiera menos bastos. Terminaremos con otro ejemplo que además explica por qué nos asombró una agudeza en la boca del señor Puente, ya que es el autor de esta manifestación: «el tramo leonés de la León-Valladolid no se hace porque no tiene tráfico». Como si el vallisoletano sí lo tuviera y se hizo.