Diario de León

SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS

Arturo Pereira

Arturo Pereira

El cuerpo y el olimpo de los dioses

Utilizar bótox es un ejercicio de libertad frente a los prejuicios ajenos

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La pasión por ser el titular de un cuerpo escultural no es nada novedoso. Me atrevería a afirmar que es un anhelo tan antiguo como la existencia del ser humano. La coquetería, femenina y masculina, es innata a nuestra especie. Antes de la existencia de espejos nos recreábamos en aguas cristalinas de las que hoy pocas nos quedan.

Todos hemos estudiado los modelos de belleza de la cultura griega. Una belleza basada en la proporción y geometría aderezada con las modas de vestimenta y adornos propios de la época. Cánones que todavía hoy no están absolutamente defenestrados porque lo bello siempre es bello. Los dioses del Olimpo marcaban tendencia. Actualmente, son los influencers los que marcan las modas, unos más y otros menos, dependiendo del puesto que ocupen en el ranking nacional e internacional. Pero, en lo que casi todos están de acuerdo es en la importancia de tener un buen cuerpo y una estética adecuada a los cánones marcados y aceptados por la mayoría de la sociedad. Algún autor, yéndose por derroteros filosóficos ha entendido que un excesivo y abusivo culto al cuerpo convierte a este en una cárcel. Cárcel inmaterial pero que nos convierte en siervos de nosotros mismos. No estoy muy de acuerdo con esta forma de pensar. La devoción por el cuerpo no constituye un obstáculo para desarrollar todas las potencialidades de las personas. Hablo con conocimiento de causa. Conozco muchas personas para las que su cuerpo y estética son factores clave de su forma de entender la vida. Pondré como ejemplo a mujeres con una mente privilegiada, profesionales que están muy por encima del resto, que tienen la capacidad de ser grandes activos sociales por lo que de bueno aportan al resto de los mortales. Pues bien, para ellas el culto a su estética no limita sus singulares capacidades intelectuales y su sentido práctico profesional. Ejercen de nuevas diosas del Olimpo marcando estilo y creando tendencia en todo lo que hacen. Y todo lo hacen de forma natural, hasta cuando utilizan cualquier recurso estético para realzar su belleza innata. La superficialidad simplona que sirvió en su momento para criticar el mundo de la alta costura como algo banal y exclusivo de personas artificiales, y que fue excelentemente combatida con la película

El diablo se viste de Prada en sus dos ediciones, sirve hoy para criticar especialmente a las mujeres que toman la decisión libre de definir su estética e imagen. Al igual que asistimos a una revolución digital, estamos asistiendo a una revolución del ser, también en su apariencia externa. La ciencia nos está dotando de los recursos necesarios para autodefinir como queremos sentirnos a gusto con nuestra imagen. Cirugía estética, bótox o ácido hialurónico forman parte de nuestro vocabulario diario. A algunos les provoca rechazo todo lo que tiene que ver con estos términos. Yo considero, y permítanme que siga centrándome en las mujeres, porque son en las que más se centran las críticas, que por el contrario contribuyen en cierta medida a su mayor soberanía. Al decidir como quieren que sea su apariencia externa, sin permitir injerencias, simplemente porque les da la soberana gana, se posicionan por encima de prejuicios y envidias. Mi admiración y devoción por las mujeres que conozco, que sin complejos ni explicaciones se autodefinen en todo momento y condición. Haciéndolo en justo equilibrio con una estética solo al alcance de las diosas y una belleza interior solo al alcance de las buenas personas, aderezada con una excelencia profesional que raya en el concepto de lo sublime de Caspar David Friedrich. Potenciar lo bello, la búsqueda permanente del refinamiento y la buena educación hacen, aunque si se ven obligadas cambian de registro con facilidad y pasan a modo lingüístico rudo de Camilo José Cela, de ellas un polo de atracción para los que quieran saber conducirse por la vida con éxito. Al fin y al cabo, la belleza está donde está y lo demás son cuentos.

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