Diario de León

CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Sin país

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La política, según una descripción de Azorín que obtuvo fortuna, consiste en el «arte de la coyuntura». No resulta extraño, así, escuchar a nuestros próceres que lo importante es el manejo de los tiempos. Uno los imagina como jaguares o arañas a la espera del momento justo, entrenados en el arte de la paciencia y la detección de la ocasión propicia, del tempero o circunstancia favorable para el asunto o interés tan principal que en ese momento se esté ventilando. Dispuestos al salto súbito sobre la presa del día con que llenar la tripa.

Esta concepción de la política tan depredadora e imperiosa se contrapone al consejo que dio a la imprenta de la posteridad Bismarck tras unificar Alemania: «Mirad a las siguientes generaciones». Pero Bismarck era un estadista, un político que vislumbraba más allá de las inmediatas elecciones, con un horizonte superior a los cuatro años. Nos harían falta estadistas, piensa uno, gobernantes de pensamiento largo con propósitos que no fueran acariciar el lomo populista de los votantes para sobrevivir a los siguientes comicios, sino planes sólidos y benéficos, por muy dilatados que fueran sus plazos. Es cierto que el sistema juega en contra de ello, pero desde luego permite proyectos a media distancia en vez de esa política intensiva, de cosecha y tierra quemada, que llevamos padeciendo durante décadas.

En otros países, en los grandes asuntos, se conciertan acuerdos con la promesa de que los gobiernos que vengan después habrán de respetarlos. Alcanzar ese compromiso presupone algo que aquí se antoja imposible y quizá es la mayor desviación de lo razonable que tiene nuestra democracia: la absoluta ausencia de predisposición entre los partidos mayoritarios a alcanzar pactos de Estado. No es necesario coaligarse con el enemigo para convenir leyes permanentes. No es una bajada de pantalones, ni una rendición, sino algo mucho más corriente de lo que se cree. No sabe uno si falta voluntad o sobran vagancia e inconsciencia sobre la gravedad de nuestra situación. Es verdad que juega en contra el carácter extremista o guerracivilista español, tan marcado desde siempre y últimamente alimentado hasta lo alarmante por quienes deberían esforzarse por limarlo, ya que tienen atribuciones de gobierno, a poco que se parasen a pensar en las urgencias nacionales. Porque sin una convivencia tranquila hasta podría ponerse en duda que haya país.

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