EL MIRADOR

Elena Moreno Scheredre

La fachada no se toca

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Hace años que un grupo de mujeres tomamos café en un establecimiento de nuestro barrio desde que dejábamos a los niños en la parada del autobús del colegio. Muchas de las mujeres del siglo pasado no tenían trabajo y tampoco baja maternal, lo que sí tenían eran unos bajones tremendos debido a la soledad y el agotamiento de la crianza. Aquella media hora de cafeína en vena compartiendo conversación era una terapia de grupo en toda regla, aunque muchas ni hubieran oído hablar de la existencia de la enfermedad mental. El encuentro aliviaba soledades, recomponía miedos y mitigaba dudas. Con el tiempo, hubo quien se incorporó al mundo laboral, quien cambió de barrio, de ciudad o de país, también quien desapareció sin explicaciones, porque los niños se habían convertido en hombres y mujeres. El encuentro sobrevivió con menos miembros que saben lo que es la enfermedad mental, y no preguntan cómo bajar la fiebre del niño, sino que se pasan medicamentos que alivian los efectos de la menopausia. El local ha ido cambiando de dueños, decoración y camareros. «Los pintxos son peores y más caros, el ruido más intenso y el calor insoportable», planteó, con los primeros calores de mayo, una veterana. Estábamos de acuerdo, pero la costumbre te presta una inercia que a veces resulta difícil romper. Nos daba pereza cambiar de establecimiento, pero tras un intercambio de opiniones decidimos que primero tendríamos que investigar qué café de los alrededores tenía aire acondicionado, terraza y buena barra. Un par de ociosas se brindaron para la investigación y en los días posteriores nos fueron informando con precisión de auditoría sobre las condiciones hosteleras de nuestro pueblo. He de confesar que antaño el pueblo tenía un comercio floreciente, pero ahora no hay más que bares, gimnasios y tiendas donde te pintan las uñas, si quieres un hilo o una cremallera más te vale saber manejarte con el ordenador para comprar «on line». La brigada volvió con un informe decepcionante; los cafés que cumplían los requisitos eran escasísimos. Muchos no tenían aire acondicionado, en otros nunca había mesas disponibles y algunos nos pillaban lejos. En el ambiente flotaba aquello de que el sofoco acabaría siendo pasajero y hablar de las evidencias del cambio climático no era viable. Durante aquellos días de calor sudanés, mi cabeza le había dado muchas vueltas al asunto y cuando comenzó la brisa fui a visitar al administrador de la comunidad para preguntarle si alguno de mis vecinos le había hablado de la posibilidad de contemplar, al menos, la instalación de aire acondicionado. Sonriendo con cierto sadismo me dijo que el tema preocupaba a muchos, pero el asunto no era viable; el tema estético era prioritario. «La fachada no se toca». Y me acordé del cuento del lobo y la fábula que subyace tras la ignorancia o la mentira.