Heredar la papeleta

FILOSOFÍA DE BAR
La reciente propuesta de la ministra de Juventud, Sira Rego, de rebajar la edad para votar a los 16 años dentro de la futura ‘Ley de juventud’ ha vuelto a abrir un debate tan profundo como peliagudo. Vendido como un hito histórico para contar con las necesidades de los más jóvenes. Sin embargo, más allá del entusiasmo institucional, la medida genera un profundo vértigo al analizar la realidad social y económica de nuestro país. En la España actual, ni siquiera a los 18 años una persona vive de manera independiente. Con unas tasas de emancipación juvenil crónicamente bajas, marcadas por la precariedad laboral, los sueldos insuficientes y un mercado de la vivienda inaccesible, la inmensa mayoría de los jóvenes a la mayoría de edad —por no hablar de los 16— siguen plenamente dependientes de sus familias.
Para ejercer el derecho al voto con criterio propio y conciencia real, es indispensable un mínimo de autonomía vital. Difícilmente se puede calibrar cómo afectan las políticas fiscales, el coste de la vida, las pensiones o el mercado laboral cuando uno todavía no ha tenido que enfrentarse al reto de pagar un alquiler, gestionar una nómina o sostener una economía doméstica. Sin haber transitado por ese contexto de emancipación, el sufragio corre el riesgo de convertirse en un acto desvinculado de la propia experiencia material. El peligro más evidente de esta medida es la vicariedad del voto. A los 16 años, el entorno más cercano —padres, tutores o círculos de amistades influyentes— ejerce un peso abrumador sobre la formación de opiniones y valores. El riesgo es que el voto de un menor de edad no sea más que un reflejo, un eco amplificado de las inclinaciones políticas de su casa. Es una dinámica similar a la del niño al que, desde recién nacido, visten con la camiseta del Barça o del Madrid, sentenciando sus colores futbolísticos mucho antes de que tenga la capacidad de elegir por sí mismo. Trasladar esa dinámica heredada al tablero político no enriquece la democracia; la distorsiona al sumar sufragios que responden a inercias familiares y no a una convicción cimentada en la madurez y la experiencia propia.