Diario de León

TRIBUNA

Luis Salvador López Herrero

Médico Y Psicoanalista

La Odisea

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Hace muchos años, en un lugar tranquilo y arropado por el murmullo del Mediterráneo, puede leer la Odisea mientras mi mente vagaba por los diferentes escenarios que Ulises iba creando, en su viaje de retorno hacia un lugar perdido denominado «Ítaca».

Y pensaba... «¿Qué empuje animaría a ese rudo como astuto luchador en su camino hacia el hogar? ¿Qué ideas portaría en su mente tras una contienda cargada de destrucción y de exterminio humano? O ¿de qué modo atemperaría el sufrimiento y el dolor por las pérdidas acaecidas durante el conflicto bélico?». Pero también, y lo que quizá más me preocupaba: «¿Qué haría Ulises con su vida una vez alcanzado el espacio anhelado?». Porque la odisea no es sólo el viaje y las artimañas de un héroe comprometido con los valores de la Antigüedad (honor, lealtad, ley, competición, destino o dioses), sino también el regreso de un ser que ha cumplido con el deber, afrontando y solucionando todas las adversidades, con astucia y embustes que le producían grandes carcajadas, sin que ninguna huella de culpa, remordimiento o arrepentimiento, incomodaran su conciencia. Tal vez, en aquel instante de lectura veraniega, la imaginación pudo desplegar un escenario en el que la tensión y los contratiempos del periplo de Ulises, contrastara con la nostalgia y la búsqueda de la calma perdida, mientras los glotones contrincantes festejaban o competían por alcanzar el ansiado botín, que no era otro, sino que el reino de

Ítaca y la conquista de su bella y fiel esposa Penélope. Hace unos días he podido ver el film de

La Odisea, recientemente estrenado en nuestra ciudad, que narra precisamente estos mismos hechos, y que reconozco ansiaba poder disfrutar con la proyección. En la película, su director

Cristopher Nolan, juega de tal modo con el orden temporal del texto, que quizá pueda hacer perder el hilo o la comprensión a todas aquellas personas que desconozcan el escrito. Lo cual, cinematográficamente hablando, tampoco es un problema, en tanto que la licencia del autor favorece uno de los elementos más característicos de la cinta, esto es, la relación entre el potente impacto musical —a veces con instrumentos de época— y una puesta en escena que asombra, gracias a la utilización de elementos técnicos novedosos. En este sentido, el ritmo es sostenido y en ocasiones trepidante, gracias a planos y secuencias cortas que no permiten sosiego alguno, viéndose el espectador dominado por imágenes de lucha, travesía marítima o diálogos sin demasiada reflexión introspectiva, por otra parte. Es esta una particularidad muy frecuente en la filmografía actual que, precisamente, no facilita la comprensión o la motivación de los personajes, más allá de la sucesión de imágenes que acaparan la retina del espectador. Además, siguiendo la promoción multicultural de la que hace gala nuestra época, los diferentes actores forman parte de todas las etnias posibles. Lo cual muestra también la necesidad del director por salirse del clásico modelo griego, para abrazar así esta cultura global de lo humano carente de cualquier distintivo étnico. Qué duda cabe, que este aspecto, rompe por completo con uno de los elementos más genuinos del pensamiento y del «sentir» griegos, esto es, el valor que ellos otorgaban a su lengua y a su piel a través de ese concepto (raza o etnia) tan denostado en la hipermodernidad. Ahora bien, acerca de este punto conviene realizar una precisión a partir de la dificultad que siempre tendremos para comprender el pensamiento y los textos de la Antigüedad griega porque, tal como sugería Heidegger «no hablamos suficientemente bien su lengua»; luego nunca podremos pensar ni sentir como ellos. Lo cual implica, para nuestra comprensión, una pérdida del sentido original de sus vivencias, así como del valor que adquirirían las palabras en esa época. Un aspecto, por tanto, que siempre nos impedirá aprehender de manera fehaciente la manera de vivir, de ese mundo micénico perdido para siempre. Y, es esta cuestión, precisamente, la que queda expuesta en la proyección de forma deficiente, a mi modo de ver, al tratar de adaptar la película, al pensamiento y «decir» actuales. Por ejemplo, el pícaro Ulises del texto de Homero no siente culpa ni arrepentimiento, ni mucho menos remordimiento por los embustes o hazañas realizadas porque estos sentimientos, tal como son mostrados en la cinta, forman parte de la conciencia moderna, no, de la mentalidad o del espíritu, del héroe trágico griego. Sin embargo, hay una cuestión que aborda la película, que sí me resultó interesante porque responde, de algún modo, a la pregunta inicialmente formulada: ¿Qué haría Ulises con su vida aventurera y osada una vez alcanzado el espacio anhelado? ¿Se conformaría con cobrar la pensión y realizar algún que otro ejercicio físico de mantenimiento, mientras meditaba realizar algún viaje del Inserso? El film señala una de las cuestiones que se plantea en la obra de Homero y en las leyendas y escritos posteriores, de múltiples maneras: la necesidad de Ulises de volver a viajar; de continuar con su periplo iniciático; de no poder parar y quizá de morir en danza. Que este último tránsito fuera en soledad o acompañado —como parece insinuar el film, siguiendo el espíritu del amor—; o que sea hacia las columnas de Heracles o hacia el norte; o que se labre para purgar esta o aquella otra cuestión moral, es lo menos relevante. Lo importante es que todo este impulso vital es el reflejo de que el alma humana siempre se verá asediada por el empuje de la pulsión, y que no hay calma para ésta ni para el héroe griego más que con la llegada del último suspiro mortal. Si esto es una aporía para el resto de mortales que anhelan un paraíso perdido en el que descansar, o un aliciente en la vida para elegir otro camino, es algo que cada uno tendrá que pensar. Y, mientras tanto, si han visto la película, pues muy bien, porque ahora ya estarán preparados para dejar que la imaginación alce el vuelo al ritmo del texto de Homero.

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