PANORAMA

Javier Fernández Arribas

Pacto de La Meca

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El pacto de La Meca representa un nuevo marco de defensa colectiva y un avance significativo en la configuración de la seguridad regional al tender un puente estratégico entre el Golfo y el sur de Asia. Este acuerdo, firmado por Arabia Saudí, Pakistán y Turquía, busca establecer un marco de defensa colectiva que podría cambiar la dinámica geopolítica de estas regiones. Son países clave con capacidades militares dispares y prioridades diplomáticas complementarias, aspectos que un posible agresor debe considerar.

El pacto refleja una reevaluación de la seguridad regional, en un contexto marcado por crecientes amenazas híbridas, inestabilidad política y riesgos para infraestructuras críticas. La incorporación de Turquía y Pakistán no solo proporciona apoyo operativo y estratégico, sino que también fortalece la capacidad colectiva para enfrentar desafíos complejos.

Algunos hablan de una ‘Otan islámica’. Si bien esta analogía ayuda a entender la ambición del acuerdo, también es una simplificación prematura. A diferencia de la Otan, que cuenta con décadas de institucionalización, planificación integrada y estructuras de mando consolidadas, el pacto saudí-pakistaní-turco está en una fase inicial y debe demostrar su capacidad operativa efectiva. Arabia Saudí mantiene un tono más cauteloso, enfatizando la disuasión grupal sin etiquetarla como una alianza militar formalizada.

Esta disparidad refleja la naturaleza híbrida y aún en construcción del acuerdo. Arabia Saudí ha dependido tradicionalmente de Estados Unidos para su seguridad estratégica. No obstante, los crecientes riesgos para las infraestructuras energéticas, las amenazas asimétricas y la volatilidad regional han impulsado una búsqueda de seguridad más autónoma y diversificada.

El pacto con Turquía y Pakistán marca un intento concreto de complementar, no sustituir, la relación con Washington. Turquía, miembro de la Otan con capacidad operativa y de mediación, aporta una combinación de experiencia militar, capacidades convencionales avanzadas y una industria de defensa en expansión. Pakistán, con tradición de alianzas militares con Arabia Saudí y estatus como potencia nuclear, añade peso estratégico y defensa consolidada en la región del sur de Asia. Así como su papel diplomático mediador. Irán no es mencionado explícitamente en el pacto, pero su influencia es un factor ineludible en la seguridad de la región.

El pacto evita institucionalizar una postura abiertamente anti-iraní para mantener espacio diplomático con Teherán. Para que esta disuasión funcione, el compromiso de defensa debe ser creíble para adversarios y aliados, apuntalado por mecanismos de coordinación y respuesta conjunta efectivos. Uno de los principales retos es la complejidad que plantea la agresión proveniente de actores no estatales, como milicias y grupos armados que operan con drones y misiles en la región, como los hutíes.

Además, tensiones bilaterales como el conflicto entre India y Pakistán introducen complejidad en la interpretación de responsabilidades y apoyos dentro del pacto.