El niño y la palmera
En una calle peatonal y delante de una panadería. Un padre y una madre con un niño de unos tres años. El niño quería una palmera de chocolate, pero la hora de comer estaba próxima y le iba a quitar el apetito. Se lo intentaron hacer comprender sin el menor éxito, así que la infructuosa explicación se cerró con la apostilla de un «no porque no». El niño agarró una de esas perras espectaculares. El infante acompañó el lloro histérico y los gritos, de una intensidad y ritmo que habría envidiado James Brown, con tirarse al suelo como si le hubieran sacudido con una pala de zapador, ponerse rígido y vibrar al estilo de un ataque de epilepsia. Los padres aguantaron la perra un rato. Al final, la madre claudicó. El padre no estaba dispuesto. Ella dijo: «Total, es muy pequeño para frustrarlo desde ahora. Ya lo hará la vida». El niño victorioso salió de la panadería enjugándose las lágrimas y enarbolando una palmera de chocolate de un tamaño tal que parecía que le habían trasplantado su mano por la de un senegalés de dos metros. Los progenitores le hicieron unas carantoñas mientras atacaba la palmera con placer, el del disfrute de un botín más o menos fácil, ya que el niño daba solo leves muestras de cansancio tras su trabajosa ‘performance’. Pensé en que no es mala escuela enseñarles desde pequeños a encajar un cierto grado de frustración, aunque desde luego la perra era como para haberle comprado la fábrica de chocolate de Charlie con tal de que se callara. Saber encajar, sin victimismos ni lloriqueos, frustraciones por anhelos no conseguidos, nos hace más fuertes, más resistentes. El estoicismo ante la privación, la fuerza de voluntad como camino de perfeccionamiento para la valoración de conseguir las cosas con esfuerzo. Sin confundir la capacidad de encaje con derrotismo o abúlica mansedumbre de aguanto lo que me echen sin protestar. Por otro lado, entiendo que el fracaso social y los bajos salarios lleven a los jóvenes a un descreimiento del esfuerzo y de lo que reporta cualificarse. Y demoledor el razonamiento de la madre de que ya lo frustrará la vida. Fue dar por supuesto que las generaciones futuras lo van a tener aún más difícil que la del presente.