No oír, no ver...
Qué amargo retrosabor te deja en el paladar del ánimo un bocadillo de noticias, ya te lo sirva la tele, un papel, una red o esa vecina enterada y adicta a amoríos tormentosos o desgracias en general... qué amarga actualidad... qué amargo futuro... qué panorama.
Como tú no podrás arreglar el mundo (ni nadie que en tu nombre prometa hacerlo, ya cante el Caralsol en la Baviera de AdF o el Caralaluna en las cuentas y cuentos de Podemos), fácil consuelo verás si sigues el consejo de los tres monos sabios de la China chinorra: uno se tapa las orejas, otro los ojos y el tercero la boca... te están diciendo no oigas (el mal), no mires (al mal), no hables (del mal)... porque sólo así le pondrás distancia a lo malo alejándolo de tu paisaje e invitando a la calma que alumbra al espíritu y ensancha caminos. Porque esos tres monos colaboran entre ellos y han de ir en este orden: sordo, ciego y mudo (el sordo no oye, pero ve el mal y se lo cuenta al ciego, que no ve pero oye y así puede contárselo al mudo, que no podrá decir ese mal a nadie reviviéndolo). No se debe romper ese orden o pasa lo que pasa en nuestra sociedad: que si el mudo, que ve y oye, se pone el primero, silenciará todo aquello que interesa saber... si el ciego ocupa el lugar encumbrado, tan solo nos puede conducir a sus tinieblas... y si timonea el sordo, incapaz de escuchar mensaje alguno, tan sólo podrá transmitir a los ciegos y a los mudos sus propias alucinaciones y fantasías (ejemplos: mudo, Sánchez; ciego, Feijóo; y sordo, Abascal).
También es apreciar que en algunos templos añadan un cuarto mono que no tapa con sus manos ni orejas ni ojos ni boca, sino los bajos, la entrepierna, y eso sí que deja bien claro el mensaje: no oír, no ver, no hablar... ¡y no joder!... que puede ir desde aquello de Serrat, «niño, deja ya de joder con la pelota», al «niña, deja ya de joder con tus augurios» con que se regusta la paisana Ester Muñoz en sus declaraciones metralleta... o el «nene, deja ya de joder con ir de caza» que habrá que estamparle en la frente a ese Figaredo que nos hace preguntar cómo se atreve a salir de casa por la noche pidiendo a gritos lo que pide.