Viejo, no ancestral
Acabo de concluir uno de los libros que más me han interesado este año: El dedal de Stalin (Didot), del lingüista y catedrático astorgano Jesús García Castrillo. Un ensayo dialogado acerca de los orígenes del euskera, que nuestro paisano no cree la lengua más antigua de la tierra, tal como mantienen algunos exagerados de Bilbao —si se me permite la broma, por apellidarme Aguirre-. Cuando empecé a leerlo, me dijo socarrón: «Me sorprende que lo califiques de novela». Pero es que se lee como tal. Defiende como plausible que el euskera es hermano del armenio, con el que comparte al menos 600 palabras localizadas. Muchas, para aceptarlo como coincidencia. A mí los armenios siempre me han caído bien, pues lo era William Saroyan, autor de La Comedia Humana, uno de los libros preferidos de mi padre, y del que me leyó un capítulo, sentado sobre sus rodillas. García Castrillo ha planteado el ensayo como un diálogo —real— con Domínguez Postigo, primero como brillante alumno de su instituto, hoy de los más prestigiosos periodistas de Andalucía. No, no es necesario retrotraer el origen del euskera a Noe. Todo es más sencillo, y no por ello menos fascinante: fue conformándose a lo largo de la Edad Media. Lo importante es llegar, ¿no? Se formó por impregnación de otras lenguas, e iría desglosándose en dialectos, a partir del siglo XVI. El armenio les llegó con los canteros, constructores de catedrales, artistas de la piedra y la madera. Por las noches, a don Jesús el ectoplasma de don Sabin Araana le dará la lata, pero la verdad no necesita pedir permiso: es.
Como le argumenta su hijo Tito, uno de los grandes pianistas internacionales, en el origen del mundo no fue el logos, sino «el tono, compartido por todos los seres vivos». Y sí, que la explicación sea más simple que sus mitificaciones no le resta maravilla. «¿Lengua ancestral? No. Como don Jesus y servidor: viejines, pero no ancestrales».
Un personaje de Moliere se asombró al enterarse de que llevaba toda la vida hablando en prosa ¡y sin él saberlo! En el caso del euskera, ya puede saberse, aunque haya que seguir investigando. Cómo me hubiese gustado ser alumno de don Jesús, incluso con calabazas para septiembre. Gracias por escribir un libro tan valiente.