Diario de León

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Lo dice la autorizada voz de José Antonio Marina, pero uno no puede dejar de considerar que es algo así como hacer un pan con unas hostias: «La compra libera al individuo de la obsesión de tener». Porque, de ser cierto lo que predica el filósofo, uno cree que eso no ocurrirá durante mucho tiempo y que desde luego no será cura para el impulso de desear nuevos objetos con los que colmar esa arraigada ansia. Actualmente, los pensadores llaman a la nuestra «economía libidinal». Aluden con ello a que se rige menos por la demanda de los clientes que por las ofertas que el propio sistema es capaz de crear. Entre deseos inducidos por el comercio, las redes y la publicidad, trascurren los días de cualquiera de nosotros, con las compras puestas en la puerta. En los precios ya no rige tanto la relación entre la oferta y la demanda como la ley del deseo. Un deseo injertado, inducido por la propia oferta –con su aliado el diseño– de lo que es tendencia, apetecible, «imprescindible». Cuando Spinoza escribió que la esencia del hombre es el deseo duda uno que estuviera pensando en compradores compulsivos, en una sociedad bombardeada por la propaganda y estragada de escaparates digitales, a los que es difícil eludir porque llaman a la pantalla del móvil. No sé a usted, pero a uno se le hace complicado vivir entre tanta oferta que ignorar y tantos moscardones sobrevolando alrededor de su tarjeta de crédito. Porque sí y porque no: la cosa es que uno nunca queda del todo satisfecho, siempre hay una sombra de arrepentimiento en este tipo de transacciones medio pecaminosas. Visto así no se puede más que alabar lo de «libidinosa» economía. Cualquiera que sea consumidor lo entenderá: no pude resistirme. La tentación es el meollo de todo este estado de cosas. Las empresas digitales, que trafican con los datos de la información que consultamos en internet, están al tanto de nuestros deseos más secretos y personalizan las ofertas que nos mandan. Y lo hacen sin límites: su sana curiosidad le demanda a usted saber algo sobre por ejemplo la enfermedad que mató a un filósofo y al rato tiene a tres farmacéuticas ofreciéndole la cura para la venérea que acabó con Nietzsche. Podían cortarse un poco, aunque sean robots. Cagontó.

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