PANORAMA
Saludos
Hace poco, me crucé por la calle vacía (era temprano) con un vecino del barrio que me cae mal por puro antagonismo político del pasado (si a justificar el asesinato, la extorsión y el terror se le podía llamar política), pero con quien siempre me he saludado por cortesía social. Le dije «hola» y él no me contestó. Pasó de largo silencioso, muy tiesito y mirando al frente.
Me alegró la mañana que alguien de aquella laya hubiera decidido negarme el saludo. Después, me rebajó el buen humor recordar que quizá algún día, con la clarividencia que da el buen vino, yo había mirado hacia otro lado al cruzármelo y por tanto la iniciativa de ostracismo había sido mía. De las pocas personas que me niegan el saludo o se lo niego yo o empate, la mayoría perteneció a la cofradía «ETA, mátalos». En el presente, en el peor escenario de las fiestas de Bilbao, siguen con la reivindicación de sus presos.
Con otras personas, el proceso mental automático y casi inconsciente de negar el saludo un día a quienes has saludado durante años resulta curioso. Aquel que en el colegio me parecía un chorra y un día te preguntas por qué sigues diciéndole «buenos días», si la única diferencia es que ahora es un viejo chorra; la tendera que fue una borde sin razón y a la que no saludarla por la calle es el complemento lógico de pasar de su tienda; el pesado con quien evitar el saludo es un medio de defensa por si toma el «¿qué hay?», por una patente de corso para dar la tabarra; o por ridícula represalia contra otras afrentas nimias.
El somero rencor hacia individuos que pululan por los escenarios menores de la vida de cada uno repta por caminos a veces insospechados. Más agradable y de signo contrario es empezar a saludarte con personas a las que conoces de vista y eso, te miras con ellas cuando te las encuentras. Un día, esa mirada se prolonga un segundo más y por iniciativa tuya, de la otra persona o de ambos, se intercambia un breve saludo. Y desde ese momento queda instituido el saludo, aunque quizá nunca llegues a pararte y a una mínima conversación. Esos detalles amables de la vida cotidiana en sociedad me rebajan la tendencia a la misantropía.
También están las personas que te saludan en cualquier circunstancia, como sea, aunque estés de espaldas, en plena riña tumultuaria o recién atropellado por un coche. Por último, hay personas que te saludan con cara hostil, sin que sepas por qué, y preferirías que dejaran de hacerlo, de saludarte del todo. Y desde luego, cuando alguien con quien me he negado el saludo (con excepción de los sujetos pertenecientes a la primera subdivisión de la columna) hace un mínimo esfuerzo para recuperarlo, siempre respondo positivamente. No hay que pasarse ni de ogro ni de estúpido.