Diario de León

León en verso

Luis Urdiales

Luis Urdiales y

Con las manos en carne viva

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Ni Aplauso amontonó tanto ímpetu con los artistas invitados como privilegiados y bien pagados se despellejaron las manos con el líder supremo mientras explicó cómo ponerse del lado del invasor cuando te revienta la frontera. Hay una foto que inmortaliza el momento, con Robles celosa de su escaño y la masa de mileuristas en pie, abalanzados sobre el espíritu que los inspira, y a sus seis y media casi, con el morro en forma de pico pato y entregados a la faena, antiguos colegas de grupo de wasá de Cerdán y Ábalos. Y venga Pedro, plas, plas. Mucho mejor en la tele que también cogía dinero de la caja de todos mientras daban el cambiazo de tercio con el 78, y lanzaban artistas por un tubo los sábados tarde, para sacar como churros versos, melodías que poder silbar y estribillos para repartir en las horas muertas del camino de Emaús. Por lo que sea, entró Bosé a la pista, con su presentación mundial para España del Vota Juan 26 que era como andar por la verbena de prao con canciones del Ofertorio y la Consagración. En los escenarios religiosos, la puesta en escena es lo de menos; importa la devoción. Y en Aplauso corría a raudales. Las manos artesanas que fabrican compases para las reverencias de focas también valen para ejecutar en juicios sumarísimos. En un comité soviético de los años treinta y tantos, la concurrencia se puso a aplaudir como que no iba a amanecer; palo y hurra, hasta que después de diez minutos largos el director de una fábrica del pueblo y la revolución decidió sentarse. A la mañana siguiente, no se levantó. No todo el mundo aplaude con la inercia de la libertad como el público lo hacía con Tino Casal o cuando la bella Silvia Tortosa, diosa y dueña de nuestras miradas, o el casi paisano Fradejas, anunciaban estrellas de Aplauso que en el nombre llevaba el verbo. Piensen en un socialista, diputado y cercano, si no es una paradoja; ayer, por ejemplo, a ver si dejó ya de aplaudir. Si no, igual es que es humano tomar precauciones para que no le pasen a buscar al amanecer como al alcalde, o a aquel director de fábrica soviético que osó calcular el tiempo razonable para dejar de adular a ese su dios y señor.

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