Darle cuerda
No hay mes como septiembre para darle cuerda al mundo. El resorte se tensa cada vez que la puerta del colegio se abre para dar comienzo a un nuevo curso con la promesa de que otra generación heredará la educación acumulada de las anteriores. Cada vuelta al cole provoca que el mecanismo funcione gracias a la fuerza acumulada en el muelle, que mueve los engranajes y activa las manecillas para que no se atrase la siguiente promoción. Los guajes entran en las aulas y el sistema debe garantizar que, un curso tras otro, tendrán la oportunidad de formarse. A veces hay que pegar la oreja para oírlo moverse. No conviene abandonarlo a la inercia, con planes educativos que cambian con el color del Gobierno al travestir la pedagogía de ideología, que se venden al chantaje de los nacionalismos reduccionistas para pagar el peaje político, que confunden no dejar a nadie atrás con instaurar la dictadura de los mediocres, que prescinden del valor de los maestros para convertirlos en tasadores de competencias enterrados en una maraña de burocracia, que esconden a los chavales detrás de las pantallas en las que se aíslan de la realidad que los rodea, aunque no todo pueda justificarse en eso… Parece que vamos tarde. La alarma salta con los resultados del informe Pisa. La última evaluación muestra la regresión en todos los indicadores, armados para configurar un termómetro en el que se exhibe la educación por países y comunidades. La posibilidad de medirse concede el consuelo a aquellos que, aun en declive, se posicionan por delante de otros. En ese espejo se luce la Junta, que hasta ahora presumía del mejor sistema educativo de España y ahora se limita a vender que la mayoría se encuentra peor, mientras obvia las reclamaciones de los maestros, con más de 1.300 interinos en León, uno de cada tres en Secundaria, como síntoma de la precariedad no atendida. La discusión política estúpida evita el análisis de por qué se reduce la compresión lectora, favorecida por unas redes sociales que comprimen el mensaje para que lo traguen como pastillas para tontos, pero no solo para los jóvenes sino para todos los demás, y que facilitan cómo manipularlos. En esa capacidad crítica debe centrarse el problema, pero al sistema no le interesa que aprendan a pensar y tengan libertad de elegir para darle cuerda al mundo.