Diario de León

CANTO RODADO

El anillo de Aisha

Devolver la nacionalidad a los saharauis que fueron españoles es un bonito gesto. La deuda sigue pendiente

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Las vacaciones siempre te sorprenden. Son como el vaivén de las olas en la playa. Salvo cuando se convierte en marejada. La que estamos viviendo con la crisis de Ceuta desde el 30 de julio es de campeonato. El eclipse total de Sol ha sido el único remanso de un agosto agitado, de verbo violento y espadas afiladas rasgando las costuras de la ley. Que todo vale por un puñado de votos ya lo sabíamos.

Que el Gobierno se fuera de vacaciones como si tal cosa, que la oposición se ensañe hasta la deshumanización total de las personas migrantes, que dos ministros digan una cosa y la contraria, que el presidente de Ceuta diga que no sabía nada y luego se desdiga diciendo que avisó a Moncloa y le mandaron a paseo... Que se boicotee la búsqueda de emplazamientos, que se retenga a las niñas no acompañadas en Ceuta para poner al Gobierno contra las cuerdas...

La ristra de despropósitos no se imaginaría ni en el peor de los naufragios. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. La democracia convertida en despojos a la orilla de la playa. Piden orden los que llaman a incumplir la ley. Claman solidaridad los patriotas que niegan el voto a sus compatriotas.

En medio de la ruina moral encontré un tesoro. El anillo de mi amiga Aisha afloró guardado en un sobre empañado en lágrimas, tan secas ya como el desierto de la Hammada, que acabó en mi desván por el despecho de un hombre.

El hallazgo me ha traído recuerdos del encuentro con la causa saharaui a principios de los años 90, cuando empezaron a llegar a León los primeros grupos de niños y niñas del programa Vacaciones en Paz y conocí los campamentos de refugiados de Argelia después de una larga caravana desde Madrid, vía Alicante y Orán. La última que bajó con materiales, vehículos y miembros de asociaciones de toda España. El fundamentalismo acabó con estas caravanas solidarias. Los niños y las niñas fueron y son los embajadores de la causa del exilio y del Frente Polisario, sin que hayan faltado choques, decepciones y discusiones de mucha gente que, por ayudar, se creía con capacidad de decidir sobre los hijos y las hijas de los saharauis y de algunos saharauis que querían imponer sus condiciones incomprensibles a los ojos de los derechos humanos.

Conocer a los saharauis en el desierto del exilio, en la Hammada argelina, me dio una nueva perspectiva. Los más mayores sabían hablar español, mientras que el idioma era una lengua desconocida para las generaciones jóvenes. Algunos mostraban con orgullo su carné de identidad del país que les abandonó.

En 2025, el Gobierno de España se arrodilló ante Marruecos al aceptar el plan de autonomía para el Sáhara en contra del mandato de la ONU para un referéndum de autodeterminación. Que el Congreso, a propuesta de Sumar, apruebe devolver la nacionalidad a todos los saharauis que fueron españoles, en el exilio o en el Sáhara Occidental, es un gesto que no compensa la deuda con el pueblo saharaui. Sigue pendiente en el debe, como el anillo de volver a las manos de Aisha.

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