A LA ÚLTIMA
Pisa con garbo
Hay puntos del informe PISA, que acabamos de conocer que no me acabo de creer. Estos análisis metodológicos me dejan en el cuerpo la misma confusa sensación que las encuestas.
Leo, por ejemplo, que los jóvenes ingleses llevan a los españoles dos cursos de ventaja. Eso quiere decir que a España de vacaciones solo nos mandan a los que suspenden, aunque a simple vista parece que deben de ser muchos.
No le quito méritos al balconing, un excelente ejercicio de Educación Física, pero ni los de Magaluf ni los que pasan por Benidorm tienen pintas a corto plazo de desarrollar la vacuna contra el cáncer. Tampoco quiero aventurarme.
Quizá al mismo tiempo millones de niños ingleses estén encerrados en la biblioteca de Oxford descifrando con un ábaco los problemas del milenio.
En España, estos debates nos pillan entretenidos en otras cosas. Resulta muy meritorio, en cualquier caso, que el fracaso en PISA se produzca justo ahora, cuando casi todos los alumnos tienen altas capacidades y hubiera sido muy fácil arrasar a los chinos y a los coreanos.
No entiendo cómo ha podido suceder. Los padres de hijos normalitos nos hemos sentido en franca minoría durante la etapa de enseñanza obligatoria, avasallados por una nutrida falange de alumnos superdotados e incomprendidos que no han llegado a ser Mozart únicamente por culpa del sistema.
No obstante, de la evolución educativa de los últimos años, lo que más me llama la atención es cómo la polarización social se ha extendido a las notas.
Aquí o se suspende o se saca sobresaliente. ¿Pero qué fue de los seises? ¿Cuándo dejó el siete de ser una buena nota?
Tendré que preguntárselo al primer alumno británico que vea y vaya solo por la segunda pinta.