¡Irán no existe!

Una mujer camina ante un edificio destruido en Teherán, la capital de Irán.
Cuentan que, a finales del siglo XIX, el presidente boliviano Mariano Melgarejo humilló al embajador británico, quién había rechazado su invitación a beber un vaso de chicha, paseándolo en un burro por toda La Paz. Cuando la reina Victoria se enteró, exigió vengar tal afrenta. Sin embargo, al ser informada de lo costosísima que sería tal operación de castigo, sobre todo por la necesidad de aclimatación de las tropas a la altitud y por la longitud de las cadenas de aprovisionamiento, parece que cogió una tiza y con ella tachó al país andino del mapa. ¡Bolivia no existe! Dicen que exclamó. No está claro si se trata de una anécdota real o de un mito apócrifo, pero sí lo está que alguien debería habérsela contado a Donald Trump el día en el que Benjamin Netanyahu lo convenció para atacar a Irán. Suponemos que sus estrategas lo habrán informado de que Irán es un país, además de extenso (más de tres veces la superficie de España), muy montañoso, donde la cordillera de los Montes Zagros ocupa casi un tercio del país y los Montes Elbruz se extienden por el norte; dominando el centro la Meseta Central Iraní, con una altitud media, esta última, de novecientos metros. Todo este territorio está poblado por más de ochenta y siete millones de habitantes. Así, esta conjunción de población y territorio hacen de la antigua Persia un país difícilmente conquistable, estimándose entre quinientos mil y un millón los soldados necesarios para una invasión a gran escala. Parece que buena parte de la culpa del ataque a Irán la tiene Palantir. Los chicos de Alex Karp estaban eufóricos después de haber planeado la toma de control de Venezuela y pensaron que, si eliminaban a Alí Jamenei, el gobierno y el país colapsarían. No contaban con que Irán había desarrollado la llamada «doctrina mosaico», pensada precisamente para evitar esa situación: treinta y un mandos militares (uno por provincia), preparados para resistir de forma autónoma sin un comando central; como así sucedió después de la muerte de Líder Supremo. Este hecho presenta, además, el agravante de que no hay una autoridad única con la que negociar, pudiendo uno de los comandos no respetar lo acordado por otro. Tampoco contaban con el inagotable arsenal de misiles y drones, escondidos en túneles en el interior de las montañas, de la República Islámica, y menos con la enorme capacidad para el martirio del Islam chií. La sucesión de acontecimientos es conocida: la respuesta iraní borró del mapa los radares que daban cobertura a la «cúpula de hierro», dejando al descubierto a Israel, así como a las bases de aprovisionamiento de la marina de los Estados Unidos, especialmente la de Bahrein, que fueron destruídas. Trump presumía de portaaviones, pero al poco tiempo tuvo que alejar del teatro de operaciones a esos mastodontes que cuestan más de catorce mil millones de dólares cada uno. La herrumbre en el casco del Abraham Lincoln en su retirada a Tailandia es ya un icono de la decadencia del poderío militar estadounidense. Si nos damos cuenta, la máxima aspiración de Trump en estos momentos es que Irán abra de nuevo el estrecho de Ormuz a la libre circulación de petroleros. O sea, volver al status quo anterior a la muerte de Jamenei. ¿Para eso era necesaria una guerra? Parece que el votante norteamericano es muy sensible al aumento del precio del petróleo y en octubre se renueva la mitad del Congreso. Encima, el «estúpido» de Zelensky se dedica a bombardear refinerías rusas, disminuyendo todavía más la oferta, aunque sea la del «mercado en la sombra». Con lo que no contaba ya Trump es con que esos zarrapastrosos de los hutíes se hiciesen con Moka, y con ella con el control total de Bab el Mandeb, afectando a la capacidad exportadora de crudo de Arabia Saudí, a la cual se negó a ayudar militarmente. Arabia Saudita, uno de los principales tenedores de deuda americana, está pasando ya por problemas financieros, lo cual va a implicar la realización de esos títulos, con el consiguiente encarecimiento de la deuda americana. En fin: ¡la tormenta perfecta! Si la reina Victoria levantase la cabeza y viese a los gobernantes actuales, no dejaría de repetirles: ¡Estúpidos, Irán no existe!