De ultramar

Ya no hay tiendas de Ultramarinos, igual que no era muy de ultramar lo que en ellas se vendía, aunque sí lo fue en su origen del XIX cuando se extienden por toda España estos comercios de «Ultramarinos y Coloniales» sugiriendo el género llegado por barco de otros continentes y colonias, cosa no perecedera y básica como azúcar (cubano en gran medida), café, cacao africano, especias de Asia, América o del Índico, bacalao inglés y salazones nórdicos, destilados caribeños... completándose después con producto nacional de abarrote: legumbres (lentejas, alubias y garbanzos), harinas y arroces, embutidos y quesos, conservas, galletas y dulces, vinos, licores y bebidas, aceite... mercancías expuestas en sacos abiertos, cajas o latas y despachadas a granel por dependientes (llamados «horteras» en Madrid) en papel de estraza, cucuruchos o periódicos. Con el tiempo se alojarían también en estos comercios productos perecederos y de proximidad, «del país»: patatas, verduras, frutas, leche, pan...
Conozco algo el paño, soy hijo de ese cosmos, nuestro padre tuvo muchos años un ultramarinos que acabó en «autoservicio» en la «avenida 18 de Julio», llamada hasta Franco «1 de Mayo» y, de siempre, camino de Carbajal. En sus inicios, años 50, fue en el barrio «la tienda del Gordo», perfil del abuelo Severino, el fundador; y en «casa Porfirio» quedaría para la cercanía. De aquellos años recuerdo tres cosas que se vendían por muy raras de ver en estas tiendas: junto a la puerta de entrada, un cerro de grandes bolas de sal para el ganado; y en la gran columna central, un surtido amplio de alpargatas de esparto de todos los números y otro gran muestrario de algo muy demandado entonces, velas de cera, desde la de media libra al cirio (cortes de luz en casa y ofrendas a la parroquia explicaban su popularidad). Y asombrando aún en la memoria, las montañas de bacalao que pedían las Cuaresmas, el medidor de aceite que calaba su vástago en una gran zafra y los garrafones de coñac, anís, ginebra, mistelas, quinas y vinos que se alineaban en la bodega. Con tanta tienda y provisión nunca tuve miedo a que viniera una guerra.