Gonzalo Garcival

Óscar Puente, ese muchachote de Pisuerga

Europa Press

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Dice Carlos Frá, y dice bien —Diario de León, 10/9/26— que este espejo de cordura, discreción y de finura intelectual que es el ministro de Transportes y otras materias de largo recorrido bajo la Administración Sánchez, Óscar Puente; que a ese exalcalde de Valladolid, primate austrolopitecus pisuergensis (según se dice, miembro de una familia de reconocidos juristas, como su hermana, Sofía, la oportuna fiscal planchadora de la famosa ‘ley de nietos’) asegura Frá, «se le quebró la vía».

Pero lo que yo pretendo es poner el acento sobre aquello en lo que abunda en su columna, pero en lo tocante a la encomienda ferroviaria de su cargo oficial, cuyos antecedentes históricos seguro que desconoce el mayor de los mamuts pastoreados por el mayoral del Rey Moro a este lado de Europa. Porque como en el juego de la Oca —del laberinto al puente— nos topamos con ciertas curiosidades connexas con la importancia del ferrocarril en el núcleo vallisoletano (un político de verdad, además de ingeniero, don Práxedes Mateo Sagasta, proyectó la unión de Burgos con la otra capital castellana). De cuya memoria histórica debería preocuparse el superministro bocazas reforzando ese arco o puente de ladrillo que se levanta a la entrada de la Estación de Valladolid-Campo Grande para festejar a la reina Isabel II al llegar el primer tren a la ciudad; que, dicho sea de paso, se convirtió pronto un foco industrial a partir de los Talleres Generales de la Compañía del Norte... Tampoco creo que le sobre al ministrejo —por lo demás tan poco diligente para resolver las malhadadas andanzas ferrocarrilanas de León, en el costado de la esfera autonómica que nunca deja de ningunear O.P. —que el primer titular de la cartera de Fomento—creada el 20 de octubre de 1851— que él

okupa en nuestros días fue el vallisoletano Mariano Miguel de Reinoso. Dicen los cronistas de entonces que el tal Reinoso era un rico propietario de Castilla la Vieja, nacido en Valladolid y, al decir de la historia, hombre inteligente (o sea, igualito que Puente) y de reconocida probidad, bien intencionado, aunque sencillo, al que, seún Modesto Lafuente, los chistosos la invención de destruir la langosta a base de cebar pavos; ‘de real orden y desde las alturas del poder’, precisaban. Se imagina el lector qué hubiera ocurrido con este soplador de bubucelas, hasta el momento incapaz de condolerse con las víctimas de la catástrofe de Adamuz, si tuviera que dirigir la construcción —con carácter retroactivo, mediado el siglo XIX— de la línea del Norte, donde casi 14.000 operarios quedaron diezmados por una extraña epidemia de paludismo. Vamos, que habría cogido las de Villadiego. Este ‘revolucionador’de los caminos de hierro de España, que sostiene, mientras le caen en la cabeza todas las catenarias del mundo, que el FC vive su siglo de oro en nuestro atribulado país. Una red ferroviaria que, entre otras calamidades, sufre los caprichosos cambios de nombre en sus principales estaciones. Pues a qué lechuguino se le ocurriría le ocurriría rotular ‘Almudena Grandes’ a la de Madrid-Atocha, de suyo y siempre MZA o de Mediodía que es como la nombran los mejores de nuestros clásicos. Gloria a Óscar, el del laberinto al Puente. ¿Y tira porque le toca?