AL TRASLUZ
Y tan sonrientes

Imagen de archivo de turistas. EFE/Biel Aliño.
Mi hermana Almudena ha venido a vernos, desde Logroño. Acabo de regresar de Estados Unidos, pero ella ha estado viviendo veintitrés años allí. Asistiremos juntos a una reunión de primos Aguirre, en la que se brindará por nuestros mayores. Y otra más por nosotros. Tras ver juntos un informativo, me fui con ella a pasear por las calles de León. Es innegable que el mundo no va en la dirección de los valores que nos inculcaron en casa. Nuestros padres, en la bonanza y los reveses siempre fueron buenos. Esa fue su principal herencia: conducta. En mi reciente ponencia en Chicago, establecí una relación entre humor cervantino y bondad, y proclamé; «Don Quijote y Sancho no eran perfectos, pero eran buenos». No, no fue la bondad del caballero andante la que cayó derrotada en la playa de Barcelona, ni fue el mal el que irrumpió vencedor cuando Alonso Quijano recuperó la razón. Caminamos hasta el Instituto Confucio, en las inmediaciones me encontré con un amigo de 86 años y aún atlético, tal como si viniese de ganar un campeonato de lanzamiento de jabalina. Y tan sonriente . Porque esos genes suyos son —sobre todo— de afectuosidad, los que hacen que la mirada permanezca luminosa, hasta que un día se apague. Cuánto dolor desaparecería de la sociedad si quienes lo provocan supiesen que sus padres —vivos o ya fallecidos— lloran por ellos.
En Madrid, un político argentino proclama que «los servicios sociales son el mal». Ojalá una inteligencia artificial lo hubiese mandado de un puntapié a su país, pero en vez de eso supongo que le darán un homenaje. Empecé a escribir esta columna sobre la ola de odio que amenaza al mundo, pero a la mitad cambié de tema. Mucho mejor escribirles sobre herencias de amor y de conducta.
Llevaré a mi hermana Almudena a Patatas Blas, y cuando esté confiada negociaré con ella que en la reunión de primos Aguirre no cuente que de niño, una vez, pinté bigote hitleriano a sus muñecas. Lo confieso: uno era bueno, pero con ratos cabroncines. Y hoy, a mis 68 años recién cumplidos, sé que una de las felicidades de esta vida es pasear por la calle con mi hermana pequeña, y compartir la herencia de alegre luz recibida. También nosotros un día partiremos. Y tan sonrientes.