EL MIRADOR
Las migas en la barba

Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza
El tercer amo de El Lazarillo de Tormes vivía tan obsesionado por la dignidad que, a pesar de no tener nada en casa, salía a la calle cada tarde limpiándose los dientes con un trozo de paja para dejar claro lo opíparamente que había comido. Quevedo recogió, y mejoró, esta idea en El Buscón contando la vida de ese hidalgo que llevaba en una cajita migas de pan que, antes de pasearse, distribuía por su ropa y su barba para dar al populacho, tan populacho como era él, esa sensación de superioridad, de tripa llena, de preocupaciones lejanas.
Y luego, está Cervantes, que también se burla de esa misma obsesión. En la segunda parte del Quijote habla del hombre que come mal, escondido y después sale a la calle utilizando el palillo de dientes como si acabara de celebrar un banquete.
Desde entonces, ya ven, estamos con eso, con la representación. A mí ya me decían en las primeras negociaciones a las que tuve que enfrentarme que a esas entrevistas había que ir «con migas en la barba». Por mucho que no tuvieras donde caerte muerto sin aquella oferta, por mucho, como me llegó a pasar, que después de decir que no a una oferta por pensar que podía sacar un mejor resultado, me tuviera que cruzar Madrid entero andando porque ni dinero para el bus de vuelta tenía. Les digo esto para que vean, ya sé que no es sorpresa, que no hay nada nuevo bajo el sol en esas vidas actuadas que nos encontramos en nuestro teléfono cuando husmeamos a los demás. Quizá sí sea una novedad descubrir que no es, como pensaría Quevedo, idiosincrasia española sino más bien mal de la humanidad. Quizá lo sea también que ahora, globalizaciones, la calle, el pueblo, el bar, se han inflado y son el mundo entero. Cualquiera que pueda caer en nuestra cuenta y se vea, que se ven todos, con criterio y potestad de juzgarla.
Probablemente no hay escapatoria, supongo que en esta columna hay una foto mía, una especialmente brillante y bienquedista. Que si buscan mis reseñas serán lustrosas y ennoblecedoras. Jugamos todos. Barbudos o no.