Consumólatras

Por mucho que prediquen los apocalípticos de herriko taberna el colapso del capitalismo cada lunes por la mañana, lo cierto es que vivimos en la era de la abundancia. Nunca antes tantas fábricas elaboraron tantos productos; nunca antes tantos individuos adquirieron tantos artículos. Sin embargo, tras esta fachada deslumbrante de progreso tecnológico la psicología colectiva permanece estancada en la edad de las cuevas. Seguimos siendo trogloditas vestidos de marca. Nos devora el ansia de gastar, un frenesí por «tener de todo» se ha erigido en el estándar de la decencia social. Toda huella de sobriedad ha sido barrida del mapa cultural, y la antigua virtud de la austeridad —antaño señal de elegancia moral e independencia de espíritu— hoy no pasa de ser un residuo anacrónico, una rareza que se contempla con condescendencia o desconfianza.
El primer pilar de esta patología de época es la metamorfosis del consumo en catecismo existencial. El cavernícola acaparaba víveres en el fondo de su gruta por la angustia legítima a perecer de frío durante el invierno; el consumólatra contemporáneo amontona ropajes de confección efímera, electrodomésticos de vida útil calculada y tecnología obsoleta antes de desembalarse, impulsado por una angustia idéntica pero vacía. Hemos sustituido el ser por el tener, convirtiendo la adquisición en la única herramienta capaz de aplacar el vértigo de nuestra intrascendencia. La sociedad de consumo ha logrado la proeza de transformar el capricho en necesidad: no se compra para satisfacer una carencia sino para exhibir ante la tribu que se pertenece al bando de los prósperos. Quien no participa en este carrusel de las vanidades se convierte de inmediato en sospechoso de marginalidad o fracaso. A esta tara psicológica se le suma un mecanismo técnico mucho más perverso: el pirómano empeño de los bancos centrales. Con su vesania monetaria, estas instituciones han convertido la degradación de la moneda en una de las bellas artes, inyectando ingentes cantidades de dinero sin respaldo sobre el tablero económico. Al erosionar el poder adquisitivo del ahorro con la fría precisión de un alambique inflacionario, el sistema financiero castiga duramente la prudencia del ahorrador y premia con impunidad al dilapidador. ¿Para qué guardar el fruto del trabajo si el billete de hoy valdrá la mitad mañana? La locura de las autoridades monetarias empuja al ciudadano a desprenderse del dinero tan pronto como este ingresa en su cuenta, transformando el gasto compulsivo en una desesperada estrategia de supervivencia financiera. Es un incentivo macabro: se nos adiestra para quemar los ingresos en el altar del mercado antes de que se conviertan en papel mojado. Saldrán, desde luego, los defensores del modelo a recordarnos que este ritmo frenético es el auténtico motor de la civilización, el mecanismo bienhechor que democratiza el bienestar y permite que las clases medias disfruten de comodidades que en su día fueron patrimonio exclusivo de los césares. Nos dirán que el consumo masivo alimenta el empleo y dinamiza la economía. Solemne espejismo. Lo que esta borrachera de compras democratiza no es la prosperidad sino la fragilidad económica y la neurosis colectiva. Intercambiar la soberanía financiera personal por una montaña de activos volátiles no es democratizar la riqueza sino universalizar una servidumbre barnizada de oropel. Asistimos, en fin, a un auténtico aquelarre del consumo en el gran plató del planeta, una comedia grotesque donde confundimos la libertad con el derecho a endeudarnos por baratijas. Cuando las luces de los centros comerciales se apaguen y la burbuja de la moneda de mentira estalle, descubriremos con horror que habitamos en cuevas repletas de basura inútil, con las manos vacías y el alma envenenada.