El castillo

¡Qué gran serie El Castillo! La crítica la aclama como una de las mejores del año y me gusta porque no hay morbo, sentimentalismo barato ni clichés. Es dura, es incómoda y es tan austera como realista e inquietante. Se centra en la prostitución y la trata de personas, un tema que lo mismo inspira el costumbrismo irónico que desasosiega con el retrato crudo. En ambas situaciones me he visto. Recuerdo el club Gatos Pardos, que abrió a 20 metros de la casa de mi suegro en un pueblo extremeño. Las noches eran un sinvivir con madres que gritaban el nombre de su hijo desde la puerta para que saliera o esposas que iban a buscar a sus maridos con gran escándalo. Lo peor llegaba los lunes, cuando el Gatos Pardos cerraba, los clientes ocasionales veían luz en casa de mis suegros y llamaban a la puerta para salir por piernas cuando les abría mi respetable suegra. Mi suegro llegó a escribir al obispado por ver si conseguía que cerraran el Gatos Pardos. Solo consiguió que cambiara de nombre. Ahora se llama Penélope.
Más allá del costumbrismo berlanguiano, están la congoja y la angustia. En Santiago de Compostela, visité uno de los bares del antiguo barrio chino de O Pombal para escribir un reportaje. Era invierno. Las chicas veían una telenovela alrededor de una estufa de gas butano. Al fondo, una habitación con un viejo y manchado colchón de lana y una luz de color rojo sobre la puerta. En una esquina, una niña hacía sus deberes. Se me acercó una de las trabajadoras. Le pregunté cuánto cobraba. Me dio un titular: «3.000 si muerdes». Si no mordía, me rebajaba 500 pesetas. Mi memoria había borrado esa crónica. Viendo El Castillo, se me ha vuelto a encoger el estómago.