Diario de León
Paso de un tren por la vía de León a Ponferrada.

Paso de un tren por la vía de León a Ponferrada.archivo

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La maldición y la renegación que hierve en el corazón de quienes han perdido a un ser querido en el bestial accidente ferroviario de Urda nadie las sabe, pero cualquiera puede imaginarlas y entenderlas porque en ese trance es justo y emocionalmente necesario maldecir a un ministro, a un gobierno en pleno, a un sistema ferroviario... o con el debido respeto insultar incluso a Dios por dar vía libre a una masacre infernal. Vale que los designios del Señor sean inescrutables, pero ¿cuánto hubo ahí de consentimiento del Altísimo?, ¿ha de atribuirse a su Providencia el origen de la tragedia?, ¿qué enorme pecado mereció ese brutal castigo rifando al azar que pagaran tantos justos por quién sabe qué pecadores?, ¿dónde estaba la misericordia divina a esa fatal hora de las 8,53 del nefasto día?, ¿qué creyente puede resignarse y disculpar esa voluntad divina?, ¿fue también ese accidente una señal de que el Cielo nos maldice por algo?, ¿y exigirá alguien que Dios dimita, que dé explicaciones o se disculpe porque quizá estaba atendiendo a otra cosa o asistiendo al controlador de Adif en Atocha que también sabe rezar?, ¿cuántos se darán de baja en la fe, perdido ya todo creer en los hombres y la política que ahora —aún córpores insepultos— no se priva de encender sin cesar hogueras con tanta leña como sale de ese arbolón caído?...

Lo único que le faltaba a la insufrible bronca política ya planteada es la artillería que proporciona ese accidente en el que sobran víctimas y culpables y siempre faltan explicaciones. Esperan que pase pronto el duelo y el condolor (a menudo melindre) para empezar abiertamente una batalla cruel lanzándose raíles retorcidos al pecho y metralla de vagones ensangrentados a los ojos. ¿Quién de ellos se preocupará de atender y confortar de verdad a los deudos de las víctimas aliviándoles de la tragedia que se les anuda en la garganta y les atormentará de por vida?... Pero aquel cuya fe no titubea tiene la certeza de que al menos Dios ha tenido que portarse y sentar a su vera a todos los que ahí murieron porque la improvisada absolución colectiva que impartió el párroco de Los Yébenes a ello le obliga.

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