Javier Casanoves

Pedir ayuda psicológica también exige sentirse seguro para hacerlo

Norman Gil

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Durante los últimos años hemos repetido una idea necesaria: cuando alguien está sufriendo, debe pedir ayuda. Animamos a hablar de salud mental, compartir lo que sentimos y acudir a profesionales cuando lo necesitamos. El mensaje es positivo, pero deja fuera una pregunta importante: ¿qué necesita una persona para atreverse a contar aquello que le ocurre? Pedir ayuda parece una decisión individual, aunque en realidad depende mucho de lo que esperamos que suceda después de hacerlo. Contar que estamos atravesando un problema psicológico implica exponernos. Significa reconocer una dificultad que quizá hemos intentado ocultar, aceptar que otra persona conozca una parte vulnerable de nosotros y asumir cierta incertidumbre sobre su reacción. Antes de hablar hacemos, casi sin darnos cuenta, una pequeña evaluación del riesgo: ¿me creerán?, ¿me juzgarán?, ¿pensarán que soy débil?, ¿cambiará la forma en que me ven?, ¿podría tener consecuencias en mi trabajo, mis estudios o mis relaciones? Cuando anticipamos comprensión y confidencialidad, pedir ayuda resulta más fácil. Cuando esperamos burla, rechazo o consecuencias negativas, guardar silencio puede parecernos una opción bastante razonable.

Para entenderlo, podemos recurrir al concepto de seguridad psicológica: la percepción de que podemos expresar una preocupación, reconocer una dificultad o pedir apoyo sin exponernos a un coste interpersonal desproporcionado. Sentirse seguro para hablar tampoco significa tener la certeza de que todo saldrá bien. Significa confiar lo suficiente en el contexto y en las personas que nos rodean como para asumir el riesgo de mostrarnos vulnerables. Esa percepción se construye con experiencias concretas. Una conversación respetuosa puede facilitar que alguien vuelva a pedir ayuda; una respuesta despectiva puede enseñarle exactamente lo contrario. Por eso, reducir el estigma hacia los problemas de salud mental exige algo más que recomendar a las personas que hablen. También requiere revisar cómo respondemos cuando finalmente lo hacen. Frases como «tienes que animarte», «todos tenemos problemas» o «le estás dando demasiadas vueltas» suelen pronunciarse con intención de ayudar, pero pueden comunicar que aquello que la persona siente resulta exagerado o incómodo para quien escucha. Incluso una reacción aparentemente pequeña puede tener importancia cuando alguien lleva semanas reuniendo el valor necesario para contar lo que le ocurre. El mismo principio aparece en otros contextos. Un adolescente puede conocer perfectamente la existencia del orientador de su centro y seguir evitando acudir porque teme que sus compañeros se enteren. Un trabajador puede disponer de recursos de apoyo psicológico y preocuparse por cómo será interpretado utilizarlos. Una persona puede saber dónde pedir ayuda profesional y aplazarlo porque siente vergüenza de reconocer que necesita hacerlo. Tener un recurso disponible y sentirse capaz de utilizarlo son dos cosas distintas. También es importante evitar el extremo contrario. Crear espacios seguros para hablar de salud mental significa facilitar que una persona pueda expresarse y recibir una respuesta adecuada, no convertir cada conversación difícil en una intervención clínica. Familiares, profesores, compañeros o responsables laborales pueden escuchar, tomar en serio lo que alguien cuenta y orientarle hacia los recursos apropiados sin necesidad de convertirse en terapeutas improvisados. A veces ayudar consiste precisamente en saber hasta dónde llega nuestro papel. La responsabilidad tampoco puede recaer únicamente sobre quien sufre. Resulta contradictorio pedir a las personas que hablen mientras mantenemos entornos en los que reconocer una dificultad continúa teniendo un coste social. Podemos colocar teléfonos de ayuda en carteles, repetir campañas de sensibilización y recordar la importancia de acudir al psicólogo. Todo eso sirve. También importa lo que ocurre durante los treinta segundos posteriores a que alguien diga: «Últimamente no estoy bien». Pedir ayuda requiere reconocer que algo nos está superando, confiar en otra persona y tolerar la incertidumbre de no saber exactamente qué ocurrirá después. Facilitar ese paso implica construir relaciones, centros educativos, lugares de trabajo y servicios sanitarios donde mostrar vulnerabilidad resulte un poco menos arriesgado. Llevamos años enseñando a las personas que pedir ayuda es una fortaleza. Quizá el siguiente paso sea conseguir que, cuando finalmente se atrevan a hacerlo, encuentren razones para pensar que hicieron bien.

Implica construir relaciones, lugares y servicios sanitarios donde mostrar vulnerabilidad resulte un poco menos arriesgado