AL TRASLUZ
Llama, o escribe
Para este mes, tengo programados dos viajes en AVE.¿Uf? No soy de los que cruzan los dedos o tocan madera, pero me santiguaré. Voy a viajar a Madrid, a reunirme con el filólogo James Iffland, con quien mantendré un diálogo cervantino ante público, organizado por la Biblioteca Central del Ejército de Tierra. «Escribe o llama al llegar», me dicen ahora los familiares y amigos. Lo haré. El otro viaje será a La Mancha, a un coloquio internacional en una localidad a la que no llega el tren, por lo que un generoso integrante de la Cátedra de la Amistad me acercará en coche desde la suya. Y sí, la preocupación denota que nuestra sociedad está marcada por las dos tragedias ferroviarias. Con razón. No cruzaré los dedos ni tocaré madera, pero sí me santiguaré… antes y después. Hay preocupación y es humano sentirla. Desde hace años, cuando Marta sale a la calle sin mí la bromeo: «Y cuidado al cruzar». Lo tendrá, pero ¿y los coches?
Mi amigo Víctor, quien pide en la calle, me dice que sabe de mi viaje a Chicago y me confiesa: «He intentado leer el Quijote y no puedo… me dan pena tanta burla y tanta crueldad hacia los dos personajes…». Le comento que es una violencia hiperbolizada y cómica, como la de Mortadelo y Filemón, y que esta fue una de mis argumentaciones ante los congresistas en Chicago. Pero él no lee tebeos. Su pena empática me conmovió, y no le argumenté más.
Como ya he contado, viajé en AVE desde Sevilla, pocos días antes del trágico choque. Con el tren ya en marcha, advertí que no llevaba el móvil. Zafarrancho. ¿Lo habría perdido en la estación? Se lo dije a una empleada quien se lo comunicó al interventor, y este llamó para saber si había aparecido. Nada. Finalmente, Marta lo localizó debajo de mi asiento. Al llegar, busqué al interventor para informarle y agradecérselo, pero no lo vi. Localicé a la trabajadora, quien al escuchar la —para mi— gran noticia el rostro se le iluminó en una bella sonrisa de alegría. Me conmueve recordar su gesto empático. Qué no sepas el nombre de alguien no lo convierte en extraño.
En mis próximos viajes no cruzaré los dedos ni tocaré madera antes de subirme al tren, pero sí me santiguaré. Antes y después. Y llamaré o escribiré al llegar.