Mis finales felices
Si les contase todo lo que me ha pasado en mi visita relámpago a Madrid, el pasado miércoles, pensarían que les estoy contando la Odisea. No lo haré. Además, ¿qué importan unos sustines de infarto, si tienen final feliz? Lo tuvieron. Fui a mantener un diálogo público sobre el Quijote, con el cervantista estadounidense James Iffland, organizado por la Biblioteca Central del Ejército de Tierra. Todo genial, salvo porque me fui a otra biblioteca militar. No importa, ambas son del Ejército de Tierra. Además, ¿para que están los taxis? Llegué. Tampoco voy a cantarles aquí el blues de lo que me dejé olvidado en el mismo. Mi ángel de la guarda y Marta conmigo trabajan a destajo. Y entre el público asistente estaba Alicia Villar Lecumberri, vicepresidenta de la Asociación de Cervantistas, convencida de que el contratiempo tendría final feliz, y así fue. Acabo de cumplir 68 años y ya no estoy para emociones fuertes, salvo que me llame don Quijote para irnos a un karaoke. El diálogo lo organizaron brillantemente el teniente coronel Norberto Ruiz Lima con su equipo; ya me he pedido a los reyes su libro «Escritores en la batalla. Un siglo de oro de la guerra y de las letras» (Dragón). Por cierto, dos de los escritores que más quiero, tuvieron su respectiva vivencia de lo heroico militar: Cervantes (Lepanto) y Tolkien (Somme).
Iffland promociona la lectura del Quijote como obra creadora de felicidad, y es solo una de las convicciones que nos hermanan. La peña quijotesca creada en la Biblioteca General del Ejército lleva el nombre del gran hispanista. Un honor, que además dice mucho y bien de quienes honran.
La noche anterior, fui a buscarlo a su galdosiano hostal. Cenamos casquería diversa, con pimientos de Padrón, bravas y queso. ¿Quién dijo miedo? Me dijo que España es el mejor país del mundo. Al día siguiente, con retranca, me culpó de su ardores de estómago, aunque no cenó bajo amenaza de mosquetón. Pero vencimos.
Agotado estoy. A finales de mes, me espera un coloquio internacional en La Mancha, organizado por mi querida Asociación de Cervantistas. Dudo que Marco Polo o Willy Fogg se dejasen algo olvidado en el taxi. Y sí, creo en los finales felices, lo fue también esta vez. Ah, la vida…