miércoles 12/5/21

Espacios en blanco

Cuando ya se acumulan suficientes páginas en sepia de los tacos del Corazón de Jesús amontonadas en el recuerdo, la Navidad nos examina a la hora de pasar lista. El bucle de la memoria cita por estas fechas a los que faltan para que no se pierdan la celebración de lo que consiguieron que quedara vivo. La llamada se enmarca en la misma escena. La ausencia se advierte como si se hubiera velado una esquina de la fotografía en la que se colocan las figuras del Nacimiento en el portalón de la antigua cuadra; en la que se aúpa al guaje pequeño para que corone el árbol con la estrella; en la que se anima el concierto de villancicos premiado por la abuela con una propina a cada nieto salida de la carterina arrebuñada en el regazo, mientras el abuelo sorbe las lágrimas con disimulo; en la que madrugan las mañanas del 25 de diciembre y Reyes preñadas de sueños; en la que se anota el recuento de los regalos para ver a quién le han traído más; en la que se hallan los restos picoteados de los polvorones que se abandonan sobre la mesa como en el atracón de una bandada de pardales... En cada instantánea se hace grande el espacio por llenar. Pero nunca tan inmenso como el que se anuncia este año para que en las siguientes Pascuas no haya que lamentar que, por adelantado, se fueron todavía más.

La Navidad se acota entre los márgenes de los boletines oficiales con los que las administraciones abren y cierran las fronteras territoriales aquí sí y allí no, regulan el número de comensales que se pueden sentar a la misma mesa y extienden el toque de queda hasta la medianoche como si fuera un permiso para adolescentes que empiezan a salir. La infantilización de la sociedad, a la que primero se privó de las imágenes de los muertos y ahora se asusta a conveniencia con cifras cocinadas al gusto de cada oportunidad, convierte la responsabilidad individual en un juego de normas y castigos para niños que se abandonan en brazos de las instituciones. La probabilidad de los contagios que se anuncian al alza debería servir como argumento para limitar en la medida de lo posible los contactos, sin atajos, ni excusas, ni justificaciones con las que encomendarse a la máxima del a mí no me va a pasar. Parece que no llevamos suficientes muertos. El año que viene, cuando pasemos lista, quizá nos guste menos la Navidad.

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