Diario de León

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Raúl Guerra Garrido estuvo a punto de ser de su pueblo el viernes 8 de agosto de 2020, unas semanas después de que saliéramos del confinamiento. Hacía calor en Cacabelos aquel día, en medio del verano, y todos los concejales reunidos en sesión plenaria se cubrían la boca y la nariz con mascarillas. Todavía quedaban unos meses para que la vacuna que nos ha salvado de la pandemia comenzara a inocularse y el Pleno se disponía a votar la declaración del escritor nacido en Madrid por casualidad -era nieto del boticario del pueblo José Garrido y del fabulador Bernardino Fernández de Navia, que tenía una bodega donde solía pisar la uva de niño- como Hijo Adoptivo de la localidad atravesada por el río Cúa.

El autor de El año del wólfram , una de las novelas de las que surgió la leyenda de la Ciudad del Dólar —aquella Ponferrada de los primeros años de la posguerra donde el mineral se usaban como moneda de cambio—, sabía mucho de los veranos largos de Cacabelos. Veranos, me dijo la última vez que hablé con él, «que duraban desde el rebusco de las cerezas hasta las primeras uvas». Antes de ser escritor y escoger al Bierzo como escenario habitual de sus ficciones, el niño Raúl pasaba las vacaciones con sus primos de Cacabelos, que siempre le echaban en cara que fuera el madrileño. Así que el nombramiento, a sus 85 años, por fin ponía las cosas en su sitio. «Cuando me llamaron para decirme que me iban a nombrar Hijo Adoptivo pensé: hombre, qué alegría, por fin voy a ser de mi pueblo», me contó por teléfono.

Quién iba a imaginar que a Raúl Guerra Garrido, Premio Nadal y Premio Nacional de las Letras; un activista que se había enfrentado a ETA desde el Foro de Ermua, que había sufrido la kale borroka en su farmacia de San Sebastián y que un año antes recibía la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X, una distinción que no se la dan a cualquiera, se iba a convertir en rehén del clima político de Cacabelos, un Ayuntamiento en descomposición. Llegaba el momento de votar la propuesta del grupo socialista en minoría y el PP y los disidentes del PSOE rechazaban el reconocimiento por un defecto de forma. Hoy Cacabelos, por no tener, no tiene ni alcalde. Raúl Guerra Garrido está muerto. Y si alguna vez lo nombran Hijo Adoptivo tendrá que ser a título póstumo. El único consuelo que nos queda a los que hemos sido testigos de este despropósito es saber que el nieto de Bernardino Fernández de Navia fue un hombre satisfecho. «El hombre feliz es el que de niño ha pisado uvas», me decía a los pocos días de saber que no le dejaban ser de su pueblo.

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