viernes. 01.07.2022

Debates en el barro

Está claro que hay partidos políticos que buscan la bronca continua para que en los debates no se note que carecen de ideas y propuestas sólidas y realizables ajustadas a sus ideales políticos. Los partidos diseñan sus estrategias y discursos en función de cómo les retraten las encuestas internas cada mañana. Si no pintan bien, necesitan el ruido que les maquille la cara dura que muestran sin reparo en cada discurso, una vanidad propia de quien se cree con derecho a no ser cuestionado. En política, como todo en la vida, hay personas que se mueven con soltura en el fango y saben que allí, en el lodazal, ningún argumento de peso puede salir victorioso. Juegan con ventaja los que siempre están en el barro. Cuando Federico Jiménez Losantos era un periodista con poco peso, sin apenas audiencia, pasó meses provocando a Iñaki Gabilondo, entonces líder en la cadena SER. Gabilondo nunca contestaba a las provocaciones pero el objetivo del lanza llamas desde la Cope era poner entre las cuerdas a su rival profesional. Un día Gabilondo, harto de los insultos, cometió el error de contestar: «Entonces supe que había ganado», ha confesado en varias ocasiones el aragonés. Es difícil actuar con mesura, con serenidad y mantener la sangre fría ante las instigaciones. Debería ser la virtud más preciada y valorada. A los provocadores no les conviene el silencio de su oponente. Lejos de eso, la educación y la templanza se venden como debilidad de liderazgo. El debate político y social, tan necesario para la divulgación de conocimientos y formación de opiniones, se ha convertido en un espectáculo difícil de justificar, y eso es lo más peligroso. El hartazgo y el desapego es la única baza para horadar los pliegues de la democracia. ¿A quién beneficia crear un clima de tal crispación que la sensación de los oyentes o televidentes sea la de presenciar un circo? y que me perdonen los profesionales de las artes circenses, que preparan sus números con profesionalidad, sacrificio, dedicación y respeto a sus espectadores. Escuchando los debates de estos días no puedo dejar de rememorar a ‘La clave’ un programa de TVE moderado por el periodista José Luis Balbín en los años de la Transición española. El formato estaba dividido en dos partes con la emisión de una película y un debate en el participaban personas expertas en diversas materias. En ese espacio los únicos malos humos visibles eran los del tabaco, porque entonces estaba permitido fumar y beber de cara al público. El esfuerzo de los invitados por colocar argumentos de peso en poco tiempo, mientras se cuidaban extraordinariamente las formas y los tonos sin renunciar a la contundencia de lo argumentos, resulta hoy un bien intangible que ha cedido terrero a la charlatanería, la soberbia, el insulto, el desprecio, la difamación y el vapuleo. Ante este panorama, lo que más me preocupa es el mundo que estamos abonando para nuestras hijas.

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