Diario de León
Publicado por
JOSE ALEMAÑ ASENSI
León

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Cuenta mi amigo Antonio que su tío conoció a Genarín y se indigna cuando ve la imagen romántica que se han inventado sobre el pobre hombre. Genarín era un alcohólico que mendigaba por los bares de León para que algún parroquiano le pagara otra copa. Todos creían saber el final de su historia. La intemperie y el alcohol se unirían a la fría noche leonesa proporcionando todos los ingredientes para la hipotermia letal. Como es sabido, un camión de la basura se adelantó al destino. La fatalidad quiso presentarse en la noche de Jueves Santo y proporcionó un excelente motivo para esos a los que les chirría tanta manifestación pública de religiosidad. El Genarín se celebró durante años, a pesar de la dictadura y de la pregonada intolerancia de los poderes religiosos. Algunos dicen que es ya una tradición. Grotesca afirmación, sobre todo porque se pretende compararla con el casi medio milenio que tiene la Cofradía más antigua de la ciudad. Pero el Genarín ya no es lo que se pretendía. Cada vez hay mas ciudadanos que no ven con buenos ojos lo que trae para León. Los problemas crecen año tras año, el boca a boca lo ha propagado y se ha transformado en algo perjudicial, muy incívico, a veces violento. Por supuesto, siguen estando a favor los que defienden la diversión por encima de todo. Se me olvidaba, a ellos se unen los papanatas de lo nativo, esos que creen inventar la rueda todas las mañanas. El jueves los vi. Tuve que ir a la estación a recoger a un familiar y les vi bajar del regional. Eran jóvenes, venían con las manos vacías, algunos solo buscaban otro botellón. Otros, sabían que no tardaría en llegar el momento de provocar una pelea en la que propinar una paliza a algún joven leonés. A ninguno le preocupaba el tinglado que han montado los promotores del Genarín, ni siquiera les importaba Genarín. También vi a otros, estos eran de León, llevaban bolsas y se dirigían al lugar del botellón... el casco histórico de la ciudad. Sacan su bebida a granel a las mismas puertas de los bares, cuyos dueños tragan quina pensando en los impuestos que a ellos sí les hacen pagar. Luego vienen las peleas, las vomitonas, los cados con la Policía, la basura, los orines y los cristales por el suelo. ¿Y Genarín? ¿Ya pasó? Ni se enteraron. Cuando los primeros leoneses y turistas llegan a la plaza para asistir al Encuentro, acto central de la Semana Santa leonesa, todavía se están limpiando las toneladas de desperdicio que el botellón ha generado. El hedor les mantiene alejados de las esquinas y todos piensan en los pies descalzos de algunos hermanos que sufrirán las consecuencias del despropósito. El beneficio para la ciudad es inexistente y, desde el punto de vista del contribuyente, ruinoso. Hay que pagar el refuerzo de presencia policial, limpieza general urgente y extraordinaria del centro de León, reposición de mobiliario urbano, atención sanitaria, etc. No compensa el gasto ridículo que se hace en bebidas en envase familiar consumidas en lugares públicos donde no contribuyen al erario. Con lo que se gasta un autobús entero de genarinistas, no llega para sustituir una farola. Si nuestras autoridades municipales quieren incluir entre las celebraciones de la Semana Santa la celebración de un macrobotellón, deben manifestarlo abiertamente y, desde luego, habrá que pensar en otro sitio. Mejor organizado, más seguro, menos molesto para todos. Otra cosa será explicar qué tiene eso que ver con la Semana Santa que, ella sí, es en un potente impulsor de la decaída economía leonesa. Es hora de no mirar a otro lado y poner fín a esta versión del Genarín, que solo nos trae cristales, basura y orín.

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