Diario de León
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León

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En este país nuestro, cuando se publican noticias en las que se habla de cómo en otros lugares (estas cosas siempre pasan en otros lugares) este o aquel político de renombre ha dimitido de su cargo, suele ocurrir que nos nace la insana envidia por padecer a nuestros cargos públicos y no ser gobernados por aquellos que, con tan buen juicio y altura moral, abandonan sus asientos. Desconozco qué opinión se tiene de esas honorables personas en sus países de origen (esas cuestiones nunca se tratan en las crónicas) pero resulta curioso ver cómo aquí se oyen frases similares a “ya podrían aprender los nuestros” o “mira, allí dimiten por mucho menos”.  Tendemos a alabar a un sujeto que ha cometido un fraude, un delito o un desliz al enterarnos de que abandona un puesto al que en ocasiones ha tenido acceso precisamente por ese fraude o delito. ¿Es mejor persona por ello? ¿Merece un aplauso por haber esperado a que saliera a la luz la estafa que tan celosamente guardó para sí? ¿Deja de ser un caradura o un sinvergüenza por el mero hecho de admitir que es un caradura o un sinvergüenza?  Si algo tienen nuestros políticos es coherencia. Propongo que todos aceptemos como incomprensible el que dimita una persona que ha falseado, robado o sobornado; es un absurdo, atendiendo a la lógica de sus principios. Mientras no se demuestre lo contrario, el espectáculo debe continuar. Y siempre con la auditoría y garantía de calidad del voto en la  urna.

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